Roberto Acuña fraguó ante el Alicante su primer gran encuentro con el Deportivo, en el que desplegó el fútbol de su mejor etapa en el Zaragoza
16 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Para recuperar a un jugador no siempre son necesarias las manos de un médico. Sí ha sido el caso de Manuel Pablo o Andrade, resucitados de sus largas lesiones en los últimos partidos de Copa del Rey. Pero, para Javier Irureta, algunos de los reincorporados no estaban antes en la enfermería. Es lo que ha ocurrido con Roberto Acuña, quien protagonizó su mejor encuentro como deportivista el pasado miércoles en Riazor frente al Alicante. Hasta entonces, su actuación había jugueteado con un nivel inferior a la discreción. Fue el caso de su encuentro, también copero, en A Malata. Ante el Racing de Ferrol su especialidad fue la de perder balones, quizá fruto de la obligación de cuajar una buena imagen. El Acuña del miércoles fue el que la afición coruñesa esperaba desde su incorporación en el mes de agosto. «Uno siempre está contento por jugar, la Copa es para los que menos lo hacemos y tenemos que entregarnos más», apuntó ayer el paraguayo, quien también acaba de anotar su primer gol con la camiseta blanquiazul. «El gol no es para reivindicar nada -espetó-, yo no soy el técnico, lo mío es trabajar». Uno de los tópicos del discurso iruretiano es el del centrocampista que marca de forma esporádica. Desde el miércoles, Acuña ya puede considerarse de esa estirpe, aunque está obligado a algunos tantos más, entre otros motivos porque en su anterior equipo, el Zaragoza, anotó veinte goles sólo en el campeonato liguero. Uno de los más espectaculares lo sufrió Iker Casillas en La Romareda. Fue un lanzamiento desde cuarenta metros de distancia y a dos minutos del final. Su importancia fue superlativa al haber concluido el encuentro con 2-1. Etapa tranquila Paradójicamente, Acuña está viviendo una etapa tranquila profesionalmente cuando sus minutos son contadísimos. En su última temporada en el Zaragoza, la titularidad le dio más de un quebradero de cabeza, como en su actuación en El Madrigal, donde se ensañó a golpes con un aficionado. Entonces, el conjunto maño ya era carne de Segunda División. Aunque de forma muy discreta, Roberto Acuña va saboreando instantes de las tres competiciones, escenarios donde, si bien todavía no ha explotado su calidad técnica, sí lo ha hecho en su portento físico. Alguien escribió una vez que el día que hagan la autopsia a Toro Acuña, el forense no estará seguro si firmar la defunción o invitarle a jugar un rondo en los bajos del hospital. En el Dépor, continúa con sus viajes transoceánicos, y sus maratonianos desplazamientos no le impiden entrar en las convocatorias de Javier Irureta. Pese a su titularidad perenne en el Zaragoza y en la selección de Paraguay, Acuña parece no haber acusado su condición de suplente en el Deportivo. Mientras jugadores del montón, con el modesto currículum de Héctor, se desesperan por la falta de inactividad los fines de semana, Acuña asume su nuevo rol con más humildad. Quizá sea una dosis de paciencia que proporcionan los años, como también demuestra Djorovic, quien todavía no ha abierto la boca para reclamar un minuto vestido de corto. «Yo lo único que intento es estar preparado para cuando me toque entrar, el Dépor tiene plantel suficiente como para afrontar las tres competiciones», manifiesta el centrocampista paraguayo, que cumplirá 31 años el próximo 25 de marzo. Desde que empezó su etapa española a través del Zaragoza, Roberto Acuña siempre denunció el tópico que acusaba al jugador extranjero de no identificarse con la camiseta de su equipo. «Nosotros también sentimos los colores y la duda ofende, no hay ninguna incompatibilidad en eso», apuntaba entonces el Toro, un apodo bautizado por un periodista argentino de Radio Mitre, enamorado por el juego de Roberto Acuña en su etapa como jugador de Boca Juniors. Y no hubo mayor muestra de garra que la de jugar con la ilusión de un principiante ante un Segunda B como el Alicante.