A rueda de Perico e Indurain

Mariluz Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

El ciclista vasco se baja de la bicicleta profesional tras una carrera brillante, pero marcada por «odiosas comparaciones»

27 oct 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Abraham, nombre hebreo, significa padre de multitudes. A veces el nombre se convierte en una burla amarga. Abraham Olano es un ejemplo. Porque ayer se despidió del ciclismo un corredor al que le ha costado por igual ganar grandes vueltas que fans. Y es que no hay mayor losa que la de un pasado próspero sobre el que se cimentan las odiosas comparaciones. Los admiradores de Pedro Delgado le crucificaron porque sabían que la montaña era su tumba. Los defensores de Indurain le defenestraron porque vieron en él a un sucesor ilegítimo que no pudo ocupar nunca el trono del navarro en Francia. Por ello, este vasco nacido en Anoeta ha arrastrado el título honorífico del hombre que no pudo reinar. A sus 32 años, reconoce que dice adiós a «una época de grandes alegrías y grandes tristezas». El que era hasta ayer el ciclista español en activo con mejor palmarés asegura que lleva en el mundo de la bicicleta desde los nueve años. Era un reto de su padre Guillermo, un gran aficionado que fabricaba velocípedos nuevos con viejas piezas. «El dinero no sobraba, pero a ninguno de los niños les faltaba una bici», afirman sus vecinos de Tolosa. Olano se estrenó con una Emporium pintada de azul claro. Y se apuntó a una escuela de ciclismo a los nueve años. Por entonces, su entrenamiento se basaba en la persecución del autobús escolar. Prometía como rodador. Y así fue. Pero en su etapa de amateur ya se le criticó porque la montaña se le hacía más cuesta arriba de lo normal. Fue uno de los problemas que le ocasionó su físico (el otro, su gran parecido a Indurain). Su mujer y representante, Karmele, le obligó a adelgazar para poder enfrentarse a los puertos. La influencia de su esposa en su carrera profesional también fue cuestionada por los medios. Otro hándicap. Olano conoció a Karmele (agente de la Ora y ciclista aficionada) en 1989 cuando ambos fueron seleccionados para un Campeonato de España. No sabía el vasco que en aquel momento se daba cita con la que sería su mujer y con la que sería su prueba. Porque su palmarés bebe de los campeonatos de España y del Mundo, y hasta los Juegos Olímpicos. Su pequeño borrón en su trayectoria profesional, que inició en el 92, fue la sanción que sufrió tras dar positivo por cafeína en 1994 en la Volta. Un capítulo casi infantil después del escándalo posterior en el que han encerrado al ciclismo. Fue sólo un bache en un recorrido plagado de éxitos en competiciones que no eran grandes rondas. Hasta que llegó la Vuelta a España del 98. Y un año después incluso logró sobrevivir al que parecía uno de los mayores enemigos de su carrera. No se desmoronó en el primera subida al terrible Angliru (fue el gran detractor de este puerto). Ahora se va porque se sentía triste al salir a entrenar y porque estaba agotado mentalmente. Reconocía que, cuando pensaba en su familia, «tiraba del freno». Ayer lo hizo de forma definitiva, como Mauri, como lo hará Jalabert. Quizás para que sólo lo juzgue la historia.