Inglaterra le cedió a Argentina la presión de las urgencias con un triunfo que remueve las posiciones del grupo de la muerte. Se consumó la revancha de David Beckham, que firmó el gol del triunfo al transformar un penalti más que dudoso de Pochettino sobre Owen. El punta del Liverpool no utilizó la mano de Dios, pero cayó en el área rival como si sufriera un desmayo místico. El drama ahora se tiñe de albiceleste. La pelota envenenada está en el tejado de Argentina, que está obligada a vencer a Suecia. Nada sorprendente en un Mundial empeñado en desacreditar a aquel que se sienta bien en el papel de favorito. Eriksson y su selección supieron rectificar después de pasearse por la cuerda floja ante los suecos. El técnico subsanó los dos grandes errores cometidos ante los nórdicos: el escaso rigor en defensa para mantener el marcador a favor y las escasas conexiones con Owen. Ayer fue Batistuta (y después Hernán Crespo) el que vivió casi instalado en una celda de aislamiento gracias a Campbell y a Ferdinand y a la propia incapacidad de su lento equipo de proporcionarle carnaza ofensiva. Mientras, Owen enloquecía a sus rivales y coquetaba con la madera. Hasta que Collina pitó el penalti. Y Beckham es uno de los pocos privilegiados a los que un Mundial le ha dado posibilidad de enmienda ante el mismo rival. «Han sido cuatro años de larga espera», confesaría después el jugador del Manchester. Su rumiada venganza completa otro capítulo para engordar la intrahistoria del clásico, que sólo produjo chispas al principio. Pudo cambiar el rumbo del encuentro la entrada deAimar en el segundo tiempo, con look a lo pelusilla cultivado para la ocasión. El payito , que sustituyó a un casi inexistente Verón, proporcionó bocanadas de oxígeno, de imaginación, pero no logró reanimar un ataque sin apenas remates. Eriksson ya había montado su corralito en Sapporo para que los argentinos no se llevaran ni un mísero punto. Una igualada con cerrojazo habría provocado una tormenta en Gran Bretaña. Pero la banca resistió también en el césped. La eficacia matemática venció ante el asedio caótico o cardíaco de los de Bielsa. La albiceleste imita a su país y se encuentra a un punto de la miseria y a tres de la supervivencia.