Y el holandés dejó de ser errante

M. FERREIRO A CORUÑA

DEPORTES

DEPORTIVO

14 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Makaay por fin se reencontró consigo mismo. Regresó. A la titularidad, al gol y, sobre todo, al terreno de juego. Porque en sus anteriores actuaciones con el Deportivo casi había comparecido a los encuentros como simple testigo. Roy decidió revindicarse más allá de las palabras. Y lo consiguió. En el marcador y en el campo. El holandés cumplió ayer el tópico futbolístico. Se metió de cabeza en el encuentro desde el pitido inicial. Fue literal: Fran sacó un córner y Roy envió el balón a la red de un testarazo cuando el cronómetro no marcaba todavía el minuto y medio de partido. Recordó una vieja costumbre que parecía olvidada, la de matar al rival antes de que éste se mueva (en la pasada Liga tardó sólo 16 segundos en marcarle al Valladolid). Pero, además de rescatar esta cualidad de gélido pistolero del Far West, desterró desde el principio todo signo de cansancio anticipado y de indiferencia injustificada. Porque últimamente su principal problema para entrar en el equipo era su propia desgana. Pero ayer Makaay no sólo inauguró el electrónico. Poco después le sirvió un pase de la muerte a Diego Tristán que sirvió para ampliar la ventaja deportivista y para matar el gusanillo egoísta que lleva dentro todo delantero cuando otro se encuentra en buena posición. Y un poco más tarde volvió a demostrar que ayer abandonaba su papel de holandés errante de brazos caídos. Aprovechó un balón de Valerón y regateó a Argensó para rematar con la zurda y establecer el 3-0. Y su lucha continuó en la segunda parte. Pero Riazor no debe esperar menos de un hombre que siempre ha estado entre los diez artilleros más resolutivos de la Liga y que es el segundo goleador de la historia del Dépor. Makaay tampoco debe olvidarlo.