DEPORTIVO
10 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Triste paréntesis al espíritu de Balaídos. El Deportivo decidido y mandón que trituró a su eterno rival se diluyó frente a un Villarreal apañadito, pero que sólo se creyó lo de puntuar en los últimos minutos, justo cuando le entró el miedo a irse de vacío. Un rival tocado: Difícilmente se encontrará el cuadro deportivista con un rival más tocado ni con más complejo de inferioridad que el que ayer apareció por Riazor. Sin aparente pegada -ausentes Martín Palermo y Víctor- ni el carácter de Diego Cagna, la grada se aprestaba a pasar una tarde de asueto al aire libre. Ni así; por segunda jornada consecutiva, el Deportivo no marca en casa y desaprovecha la ocasión de aprovisionarse para la visita del próximo sábado al Camp Nou. Buenos principios: Y lo cierto es que nada hacía presagiar un desenlace tan paupérrimo. En el cuarto de hora inicial, el Dépor marró varias ocasiones. La posesión, netamente local: 66 por ciento. Sólo la lesión de Donato sembró la inquietud, pero hasta ese instante Molina no tenía noticias de la delantera visitante. «El Lagarto», en forma: Difícil el hacer compatible una tarde tan apacible como la que se preveía con una lesión tan grave como la de Donato. Fue irse el abuelo de la Liga y -¿casualidad?- apareció Pizzi. El Lagarto sembró el pánico en cada balón aéreo. La inseguridad de César empeoró el asunto. Suerte que Pizzi se quedó huérfano cuando Víctor Muñoz envió al vestuario al escurridizo Guayre, falto de ritmo. A esas alturas, el Villarreal se había desperezado en la misma proporción que el Dépor se había diluido. Muchas ocasiones: Al descanso, los castellonenses habían equilibrado un tanto la abrumadora superioridad estadística blanquiazul. Incluso, para el recuerdo, muchas ocasiones de gol, demasiadas para tan escaso juego. Nada que no pudiera empeorarse. Y empeoró: El Dépor insistió en llevar las riendas del choque, pero con escasa agresividad ofensiva, poca utilización de las bandas y sin pisar el acelerador. En la reanudación se dejó en el vestuario lo mejor de la primera parte -las ocasiones- e insistió en lo peor. Un, en fin, insulso peloteo. El letargo sólo desaparecía cuando Naybet insistía en sus tradicionales acometidas ofensivas. Es decir, el peor síntoma de que algo no funcionaba.