BALONCESTO
20 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Si a Luis Aragonés le hubiese dado por el baloncesto se llamaría Moncho Monsalve. Ambos entrenadores son afines en el perfil personal, amor al trabajo y currículum de maleta gastada en mil estaciones. Ambos anunciaron a bombo y platillo su jubilación definitiva y ambos han vuelto al ruedo deportivo a la mínima oferta. Ahora, hartos en todos los frentes, ambos han apostado por el modesto reto de sacar del pozo dos equipos, el Atlético de Madrid y el Lobos Cantabria, colista en la ACB. A principios de año, Moncho Monsalve, de 57 años, reapareció en la élite del baloncesto español, que había abandonado en 1994 en Valladolid. Su última experiencia como técnico se desarrolló en el Balneario de Archena murciano de la Liga EBA. Después, vida de comentarista en los medios y un millón de clínics para explicar aspectos como «pase y tiro, conceptos para su utilización en el ataque a zona». En un cursillo celebrado en Argentina coincidió con el ex-entrenador de Los Angeles Lakers, Pat Riley. Hace dos semanas se plantó en Torrelavega con sus frases de siempre. «No juego a héroe ni soy un santo», señaló para recordar que su presencia en Cantabria no basta para obrar el milagro de evitar el descenso. No se equivocó: su debut se celebró en el Raimundo Saporta y el Real Madrid mató de raíz el «efecto Monsalve», como bautizaron en Torrelavega, con un 91-64. Este fin de semana, el «efecto» quedó más tocado todavía. El recién ascendido Lleida propinó a los Lobos un sonoro correctivo (62-98), en el primer choque de Moncho en su nueva casa. Los 7 de enero toca alta en el Inem Es la fecha clave en su historia laboral. El pasado 7 de enero selló su contrato con el Lobos Cantabria. Nueve años antes, también en 7 de enero, ofreció una rueda de prensa en Murcia para presentarse como el entrenador que sustituía a Felipe Coello. Al año siguiente, era presentado en Valladolid como sustituto de Samuel Puente. Era 7 de enero, por supuesto. Oscar Schmidt, el hombre de su vida «Oscar Schmidt es el jugador más grande que jamás he entrenado, una estrella que nunca se consideró como tal, un profesional íntegro que vive por y para el baloncesto, un orgullo para mí». Así piropeaba el pucelano a la estrella brasileña a la que entrenó en el Forum Valladolid. Pero las alabanzas las repitió con muchos otros jugadores, así de halagador es Monsalve. Un entrenador de mundo... y selecciones La trayectoria que inició en 1971 en el banquillo del Mataró de Segunda División, y pasó por Badalona, Valladolid, Tenerife, Barcelona (como segundo), Caja Ronda, Ferrol, Granollers, Zaragoza, Murcia, Granada... le llevó a traspasar fronteras. Como seleccionador, Monsalve fue un colonizador del baloncesto, haciendo adeptos en países con poca tradición para la canasta. Dirigió a la selección nacional de la República Dominicana, con la que logró la medalla de plata en el Centrobasket de 1995. También fue suyo el destino de la selección suiza, que combinó con el banquillo del Vevey helvético. Marruecos fue su última experiencia como seleccionador, simultaneando el combinado absoluto y el sub-21. También probó el baloncesto femenino, para convertir al Costa Naranja Godella en campeón de Liga en 1996. Pasión por el micrófono Cuando fue llamado por el presidente del Lobos, Moncho Monsalve alternaba los clínics con los comentarios en Vía Digital y Onda Cero. El amor por el micro viene de su etapa de entrenador. Los periodistas que lo conocían le preguntaban aferrados al micrófono, conocedores de la afición de Monsalve a agarrar el artilugio y largar un monólogo. Una carrera con mil anécdotas Ocurrió en Tenerife. Con pocos segundos para el final, Monsalve dibujó en la pizarra la jugada para la victoria. El equipo perdió y la pitada fue sonora. El entrenador se dirigió a la grada con la pizarra mientras replicaba «yo les ordené esto y mirad lo que acabaron haciendo». Orgulloso de su conocimiento del mercado de jugadores, en un clínic le preguntaron por Kelvin Ator. Monsalve habló de su capacidad de sacrifio en la cancha y su poder reboteador. Todos los presentes se rieron de la respuesto al ver cómo el pucelano aplicaba elogios baloncestísticos a una marca comercial.