DEPORTIVO «Si venimos así el miércoles, mejor quedarse en casa», afirmó Donato después del penoso encuentro ante el Valladolid. La gran mayoría de aficionados deportivistas también han debido de creer que, tras el papelón de Pucela, mejor no pasarse por Riazor un lunes por la mañana. Ni siquiera para silbar.
14 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Y, con este desolador panorama, el entrenamiento del Deportivo fue presenciado por un aforo máximo de quince hinchas. Y dos especialmente combativos, al menos verbalmente. De hecho, a Diego Tristán lo despidieron con un «Espabila, Tristán» y un «Cierra el pico y espabila». Gran trueque. Un triste recibimiento en pago de un triste partido. Todo además aliñado con la deprimente banda sonora del aspirador empleado para limpiar las gradas. Un zumbido que recordó que el conjunto pide a gritos un lavado de imagen. Curiosamente, la situación convirtió al uruguayo Walter Pandiani en el jugador estrella de la jornada. El favorito del público después de la particular operación fracaso en la que participaron sus compañeros. El delantero uruguayo, inocente de los hechos acaecidos en Pucela, recibió aplausos de los seguidores por casi todas sus acciones. Se castigó a los presuntos culpables con el premio al que no intervino en la peor actuación del Deportivo en toda la temporada. Se derrochó más juego en menos de una hora de partidillo que durante todo el encuentro disputado en Valladolid. Fran y Valerón fueron los únicos supervivientes del once inicial alineado ante el conjunto de Moré. El resto de titulares descansó. De los suplentes, no se libró nadie: estuvieron José Manuel, Duscher y Tristán. Djalminha se entrenó aparte, ya que su lesión lo mantuvo también ayer castigado a carreritas en una esquina. Fran se mostró especialmente motivado en la lucha de los petos: ganas, presión, disparos y tantos. Mucha rabia acumulada, en definitiva. Que a un capitán nunca le gusta que se hunda su barco. Pero casi todos los jugadores dejaron mejor impresión en los cinco minutos iniciales del choque disputado medio campo que en los noventa de Zorrilla. Javier Irureta y Francisco Melo observaron en paralelo las jugadas. Melo realizó algún gesto y cambió su ubicación. Irureta permaneció impertérrito ante paradas, goles, pases, entradas y etcétera, etcétera. Una estatua. Se cruzó de brazos y clavó la posición hasta el final. Ninguna reacción, ni para bien, ni para mal. Elocuente silencio.