LA GRADA
08 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«Si el equipo funciona, ¿para qué lo voy a cambiar». Hasta hace poco era un axioma casi unánime para los entrenadores. La mayoría pedía, y pide, dos hombres de garantía para cada puesto. Las estadísticas se empecinaban en demostrar después que el reparto de minutos dejaba fuera a un tercio de la nómina de futbolistas. Los calendarios se han saturado. Y en esto que aparecen las rotaciones como el gran invento para dosificar fuerzas, el barbecho trasladado al fútbol. A menudo, detrás de esas rotaciones hay un imperativo legal. Cambios obligados por las ausencias, bien por lesión o bien por las convocatorias de las selecciones. Queda la duda de Rexach, por aquello de que lo mismo mueve piezas que posiciones, y porque se le multiplican las bajas. Disputadas siete jornadas, habrá que convenir que son Irureta y Víctor Fernández los que más se aplican a la hora de regular sus recursos. Imperativos e imponderables al margen. Al menos, de momento. mreigosa.santiago@lavoz.com