Le pegó con tal mala leche que ni el beso del poste apaciguó el leñazo de Fran. Sólo el gol era premio suficiente para el camibio de orientación de Donato y el sensacional primer toque de Romero, medio tanto. Pero ¿qué otro galardón podría tener la triangulación entre Héctor, Valerón y Víctor? Fran, sensacional, volvió a acertar con la portería, pero el partido tuvo otro nombre propio, Valerón, que no paró hasta que pudo dedicar un triunfo a su amigo Manuel Pablo. El canario tomó la medida al partido desde el primer minuto. Enseguida comprendió los espacios que Xavi y Cocu dejaban a sus espaldas y explotó esa libertad de movimientos para llegar con claridad a posiciones de ataque. Eso no le impidió orquestar el fútbol de ataque del Deportivo al incrustarse junto a Duscher y Sergio para dar todo un recital de cómo desequilibrar al rival. Pero, una vez más, un primer tiempo de posesión de balón para el Deportivo se topó con la inconcreción en el remate. Esto somete al equipo a la tiranía de sus propios errores. Ni Tristán ni Makaay supieron concretar. Y lo que es peor, la pólvora mojada dio vida al rival en el contraataque. Las permutas entre Luis Enrique y Alfonso, y la presencia de Kluivert junto a los pivotes descentró por momentos al centro del campo coruñés. En una de esas jugadas encontró Luis Enrique la senda para habilitar a Kluivert, y la indecisión en la marca castigó a los blanquiazules con el gol en contra. Pero cuando el Dépor adelanta sus líneas, toma el mando con decisión y pone a tocar a sus piezas más talentosas no hay equipo que se le resista en Riazor. En esa propuesta futbolística, los rivales reculan y capean como pueden el temporal. Y con el 2-1, Émerson por Valerón y Pandiani por Tristán. El repliegue, eficaz a tenor del resultado, discutible por el riesgo que entraña contener a un Barça volcado.