EN LA GRADA
01 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Asistir a un derbi entre Dépor y Celta es más caro que ir a un concierto de los Rolling Stones. Da igual. Nos rascamos el bolsillo con alegría temeraria porque el fútbol tiene embrujo, porque te emociona que los tuyos trituren al eternísimo rival. Este año los dos clubes gallegos mandan en la Liga, la carrera que mide a 20 empresas multimillonarias. Un síntoma más de una Galicia civil que pita fuerte. Dépor y Celta prometían partidazo y cumplieron: hubo casta, goles, clase y hasta drama. El espectáculo resultó rutilante. ¿Y el ambiente? Pues seamos honestos: como siempre en los últimos años, deplorable. Sea en Balaídos o en Riazor, la borregada se repite (y va a más): pedradas a autobuses, talibanes de ambos bandos que se pasan todo el partido llamándoles «hijos puta» a los aficionados de la ciudad rival (y no sólo en los fondos ultras), policías antidisturbios que tienen que aporrear a los vándalos, peleas, destrozos... ¿Tiene que ser así?, ¿hemos de resignarnos a que un duelo entre hermanos gallegos se convierta en un acto de kale borroka? Se puede ser celtista o deportivista hasta el tuétano, animar hasta la afonía, cachondearse del rival... y ser persona. Tirarse 90 minutos ofendiendo con mala baba no tiene gracia ni épica. Galicia, el Dépor, el Celta y tú sois mejores que todo eso.