FÚTBOL / COMPOSTELA Cuando un equipo funciona, la afición se sabe de memoria ocho o nueve nombres de los once titulares, cuál es el puesto de cada uno y cuál su rol. Los cambios son mínimos, casi siempre obligados por las circunstancias, ya sea por lesión o por sanción. El Deportivo de Irureta, el Real Madrid de Del Bosque, el Sevilla de Caparrós, el Tenerife de Benítez, el Valencia de Cúper, el Albacete de Julián Rubio, El Mallorca de Luis Aragonés... Basta repasar las alineaciones de la temporada para ver cuál es el equipo inicial tipo.
24 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Alguien podría decir lo mismo con el Barcelona de Serra y/o Rexach, el Atlético de Madrid de Zambrano y/o Marcos Alonso y/o Cantarero? ¿Y con el Compostela de Ballesta primero y Maric después? El conjunto santiagués se pasó la campaña buscando su DNI, sumido en un baile continuado de nombres, tácticas y esquemas. Los ensayos se multiplicaron más que nunca pero el trabajo de laboratorio no llegó a cristalizar en la cancha. Nadie encontró la fórmula del éxito. El bajo rendimiento de algunos jugadores que deberían ser determinantes, sobre todo los delanteros, y la falta de equilibrio en la plantilla, más acusado en la banda izquierda y en la demarcación de medio centro de corte defensivo, pasaron factura. El Compos de la temporada 2000/01 no era un equipo especialmente dotado para defender. Acabó siendo el más goleado de la categoría. Tampoco pudo optar por el fútbol combinativo, una apuesta difícil de asumir en una Segunda División en la que el sudor resulta demasiado abrasivo para el arte. Y tampoco lo tuvo fácil para salir a la contra, un formato que dependía casi exclusivamente de la velocidad de pensamiento de Fabiano y la rapidez de piernas de Juanito. Tanto Ballesta como Maric lo intentaron todo: defensa de cinco y un solo punta; defensa de cuatro, dos pivotes, línea de tres y un delantero; cuatro en línea de cobertura, un medio centro, cuatro en medio campo y un ariete; el clásico 4-4-2. Todo fue infructuoso porque el desarrollo de la temporada terminó por dibujar el perfil de un Compostela sin química, vulnerable atrás, descosido en el centro del campo y azaroso arriba. Incluso cuando ganó, nunca llegó a dominar el partido con autoridad y suficiencia. Sobrevivió hasta la última jornada. Paradójicamente, jugó su mejor partido en Elche. Pero empató y bajó.