DEPORTIVO
05 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Anelka no vive el fútbol, vive del fútbol. Es la calidad anestesiada. El balón no le provoca ni dolor ni pasión. Juega como un robot de quirófano, con precisión y frialdad. El hombre que es la gran duda del Paris Saint-Germain ante el Deportivo para el partido de mañana, ha asumido el papel del inadaptado del balompié, del pobre niño rico. «Nadie pone 32 millones sobre la mesa por ver sonreír a un tío», afirmó para justificar su hierático rostro. Claro, es que las sonrisas son gratis. Cumplirá veintidós añitos el 14 de este mes y ya ha sido el jugador más deseado, el más caro y el más polémico del mundo. Arsenal, Madrid y PSG lo han sufrido y, en menores dosis, lo han disfrutado. La «maravillosa locura» con la que definió Lorenzo Sanz su fichaje por el club merengue se convirtió en inacabable pesadilla. Nicolás, atrincherado en su chalet de La Moraleja tras sus gafas de diseño y con su flamante Mercedes plateado en el garaje mascullaba un «me tratan como un perro». Y, en los pocos ratos que no vivía conectado a la Play Station para recibir su necesario chute de emoción, el que no encontraba sobre el césped, consiguió lo inaudito. Acabó con la paciencia del sufrido Vicente del Bosque, que ante la indolencia del jugador a la hora de desprenderse del chándal en un partido de máxima categoría continental le espetó un «¿te lo quieres quitar de una vez, coño?». ¿Se refería quizás al pasotismo? Quedarán en las retinas blancas algunas propinas de espectáculo, como el gol marcado al Barcelona y las dianas clavadas al Bayern de Múnich en la Liga de Campeones. Pero también resuenan los «¡Anelka, vete ya!» del Bernabéu, los desplantes y la indisciplina. Ahora su actual técnico, Luis Fernández, sostiene que en realidad «Nico es un chico encantador». Y es que, por lo visto, el mundo está lleno de millones y falto de comprensión.