El Dépor logra el triunfo sobre el Zaragoza con dos brillantes goles de Tristán Riazor, el campo, empieza a aburrirse con tanta victoria fácil, insultante, descarada. Ir al estadio coruñés no es una invitación a emociones fuertes, sino al deleite, al relax, a realizar quinielas del tipo «¿a ver cuántos les metemos hoy?». Ayer, dos al Zaragoza.
12 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Desde el principio, los Pikolín dejaron claro que venían descansados. Si bien los coruñeses eran los amos del partido, los maños no llegaron a Riazor con intenciones de empatar. El Dépor tardó diez minutos en encajar sus once piezas sobre el campo. Cumplido ese tiempo, Turu Flores firmó la primera ocasión local de la noche con una lanzamiento desde fuera del área. Su equipo notó la incorporación de Mauro, quien, además de ordenar y repartir juego, homenajeó a Djalminha, ausente por enfermedad, con algunos detalles plásticos propios del ocho deportivista. La noche iba rodada. Al Dépor se le veía alegre, cómodo con un rival que también quería jugar al fútbol, especialmente por la banda de Manuel Pablo. No se veían ocasiones claras, los balones se perdían en la última línea, pero nunca planeó la sensación de que el 0-0 sería definitivo. Diego Tristán, alimentado siempre por los balones de Émerson y Valerón, era acorralado por tres defensas-gendarme que le obligaban a bailar sobre una baldosa cada vez que recibía el esférico. Después de varios escarceos ante la portería de Molina, especialmente el de Acuña revolviéndose en el área, el Dépor marcó el 1-0. Tristán cruzó un balón increíble ante las narices de Juanmi. No era un simple gol. Era un destello estético del que sin duda se hablará en El día después y en las televisiones de París, de Milán y de Estambul. Valerón y Diego lamentaron que los aficionados sentados en la grada de Pabellón no hubieran visto de cerca ese golazo. Solución: en la segunda parte realizaron un remake que mejoró el original. El 2-0, sin considerarse goleada, sonaba a suficiente por la soltura con la que se movían en el campo los deportivistas. El Zaragoza había salido en tromba en el segundo acto. A Molina le vino bien. El portero salía por la tele, pero sin jugadas de mérito. Acuña le ayudó a lucirse con un lanzamiento fortísimo. Molina voló hacia el balón y lo escupió con una mano. Y tras el 2-0, poco más. Los delanteros del Dépor le dieron el balón a los centrocampistas para hacer lo que no se hizo en Villarreal, controlar y controlar. Las embestidas aragonesas llegaban. Pero delante estaba el invicto de Europa.