El penúltimo desengaño

P. J. B. A CORUÑA

DEPORTES

FÚTBOL / PRIMERA DIVISIÓN Los enamorados se vuelven a citar. Figo y la afición azulgrana celebran hoy el primer encuentro desde su ruptura. Los seguidores, despechados por la marcha al Madrid, esperan de uñas su visita. El portugués ni se pronuncia. «Sólo quiero que cuando Gaspart se refiera a mí diga la verdad».

20 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

El jugador se fugó con el peor enemigo culé. Era el amante perfecto. Excelente futbolista, fue el látigo del madridismo durante cinco temporadas. «No le he visto jugar mal nunca», señala Del Bosque. Incluso asumió el brazalete de capitán debido a las lesiones reiteradas de Guardiola. El portugués se sintió engañado. En plena luna de miel, el club de sus amores le dio la espalda. Florentino Pérez le ofrece un nuevo idilio de 10.000 millones de pesetas en Madrid. El Barça no se lo toma en serio. Y el extremo, ya el penúltimo romántico, se viste de blanco. Figo, el amante azulgrana, ficha por el Real Madrid. La afición no le echa en cara que siga el camino trazado por Samitier, Zamora, Schuster o Milla, otros ilustres desengaños. Los seguidores del cuadro catalán, todavía con el eco de la última genialidad de su ídolo en la cabeza, miran la camiseta blanca, su escudo, su número diez a la espalda y se sumergen en la peor de sus pesadillas. Un mal sueño del que ya no es posible despertar. Tan sólo el futbolista, con la mente repleta de recuerdos, apela a la cordura. «No soy un asesino». Figo ha matado la ilusión de los seguidores que lo jalearon cuando gritaba aquello de «blancos, llorones, saludad a los campeones». No obstante, su antiguo club no ha sabido contrarrestar su marcha y ni Alfonso ni Overmars ocupan el ahora vacío corazón azulgrana. Hasta la Peña Figo, compuesta en un 90% por mujeres, ha cambiado de nombre. Pasión azulgrana se llama ahora. Y ni quieren hablar del portugués. De Casanova a jorobado de Notre Damme, la transformación del mejor extremo del mundo ha sido prodigiosa para todo el barcelonismo. Ávido de venganza, el Camp Nou se prepara para el primer asalto. El síndrome Figo amenaza a otros. El flechazo entre un futbolista y su equipo está más que nunca en entredicho. Ni Guerrero en el Athletic, ni Guardiola en el Barça, ni Mauro o Fran en el Dépor, ni Raúl o Sanchís en el Madrid, ni Mendieta en el Valencia pueden seguir siendo considerados jugadores de club. El dinero arrastró al portugués a la orilla maldita para los culés. El verde de los billetes se convierte en el único color válido en los corazones de los futbolistas. Rivaldo, que se marchó del Deportivo al Barça por 4.000 millones, lo admite sin rubor: «Juego donde me pagan más». Las palabras y los gestos de los ídolos tan sólo gozan de validez con sus bolsillos llenos. Y sus corazones vacíos de sentimientos.