El museo Thyssen explora todos los paisajes del inconsciente del genio surrealista catalán en clave de psicoanálisis y a través de 90 obras maestras
19 oct 2026 . Actualizado a las 20:45 h.«En la primera etapa de mi vida, mi héroe era Sigmund Freud. Mi pintura expresaba la angustia y las visiones neuróticas que tenía en esa época». Lo dice Salvador Dalí (1904-1989), que muy joven leía ya a Freud (1856-1939). La obra del padre del psicoanálisis sería crucial para el futuro maestro del surrealismo, que desarrolló su método paranoico-crítico sobre sus obsesiones y sueños cruzados con la tesis del genio austríaco. Una conexión que explora la muestra «El universo freudiano de Dalí» que el museo Thyssen-Bornemisza acoge hasta el 24 de enero. La «exposición del año», dice su director, Guillermo Solana, reúne unas 130 obras —90 de Dalí—, entre cuadros, dibujos, esculturas y vídeos, cedidas por museos e instituciones europeos y norteamericanos.
Jaime Brihuega es el comisario de una insólita y brillante muestra «en la que están todas las obsesiones, temores y complejos de Dalí, que fueron muchos, en torno al sexo, la muerte y la religión». Busca «arrojar nueva luz a la heterogénea y prolífica obra daliniana mostrando todos los paisajes de su inconsciente y un surrealismo más digestible que el de sus colegas», resume.
El vínculo de la obra de Dalí con los escritos de Freud será clave para la poética visual del artista de Figueras. Las condiciones de la infancia y adolescencia de Dalí, la temprana muerte de su madre, la presión de un padre autoritario recasado con su tía, la relación casi incestuosa con su hermana y sus muchos complejos «crearon el caldo de cultivo para esta relación, que devendría en una auténtica obsesión».
Una monomanía que desembocó en la entrevista que el pintor y el psiquiatra mantuvieron en 1938, cuando el padre del psicoanálisis estaba exiliado en Londres, y tras varios intentos fallidos de visitarlo en Viena.
Dalí pudo leer La interpretación de los sueños de Freud a inicios de la década de 1920, cuando se alojaba en la Residencia de Estudiantes de Madrid junto a Lorca y Buñuel. A partir de 1926 se vincularía a la poética inspirada por el científico, «y nacería el surrealismo español», dice Brihuega. Esa fascinación de Dalí por los escritos de Freud y su célebre encuentro son el hilo conductor de la muestra, «que propone una relectura de la carrera de Dalí, desde el complejo universo familiar de los primeros años hasta sus creaciones tardías», según el comisario, que elogia las 90 piezas. «Son casi todas obras maestras y sorprenderán al espectador, que descubrirá otros dalís: el cubista, el futurista o el puntillista», promete.
Sorprende el descomunal telón de casi 15 metros que Dalí realizó para Tristán enloquecido (1944), que recibe al visitante en el vestíbulo. Es el inicio de una muestra que se cierra con la sección La persistente sombra de Freud, demostrando como hasta el final de sus días lo freudiano estuvo en su obra, «por más que Dalí afirmara que su interés por Freud había decaído frente a asuntos científicos y religiosos».
Dividida en seis secciones vinculadas a capítulos decisivos de la biografía de Dalí, la muestra se completa con pinturas y dibujos de Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gino Severini, Jean Arp, Kurt Schwitters e Yves Tanguy. El comisario destaca además los dibujos de Lorca, Ramón y Cajal y el propio Freud. Explora igualmente la sutil conexión entre Dalí y Julio Romero de Torres a través de La saeta, del maestro costumbrista cordobés y El hombre invisible del genio de Figueras.
Se exhibe también la película Comiendo erizos de mar (1930), fragmentos de Un perro andaluz (1929) y La Edad de Oro (1930), de Luis Buñuel, así como de Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock, en las que participó Dalí.
Si Freud fue una referencia constante para Dalí, el pintor fue para Freud solo un joven artista español al que conoció en una fugaz reunión junto al escritor austríaco Stefan Zweig y al poeta británico Edward James, aunque le impresionó su pintura y su talante fanático. «Hablamos poco. Pero nos devoramos mutuamente con la vista», escribió Dalí del encuentro.
«Dalí halló en los escritos de Freud el aval para transformar sus fantasías, complejos, obsesiones, traumas y deseos insatisfechos en expresiones poéticas visuales o escritas», insiste el comisario. A partir de ahí, «creó un sistema de símbolos visuales que daban forma a su mundo interior y que, repetidos, acabaron conformando un tipo de metalenguaje», plantea Brihuega. Los ecos del psicoanálisis —reblandecimiento de pianos, relojes o rostros, imágenes dobles, fantasmagorías sexuales— están en obras como Apoteosis de Homero (sueño diurno de Gala), de 1945, y Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar (hacia 1944).
La reunión en Londres con Freud centra el quinto capítulo, que se extiende hasta la expulsión de Dalí del grupo surrealista en 1939 y la marcha a EE.UU. «Dalí saldría ebrio de placer de la entrevista y aunque tras la muerte de Freud empiezan otras preocupaciones, su sombra le perseguirá hasta el final», afirma el comisario.
«Esta muestra es un experimento de inmersión para ir hasta el fondo de Dalí, a quien podemos comprender en su totalidad como el más prodigioso inventor del arte en el siglo XX», concluye Guillermo Solana.