Alberto Ruiz de Samaniego: «La peor soledad es la que se produce en la multitud»
CULTURA
El profesor y comisario de arte gallego, junto a su colega Miguel Copón, analiza el fenómeno del «retiro del mundo» mediante las herramientas de la estética y a través de la obra de grandes artistas
03 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Soledades. Estética del retiro (Cátedra) es un libro difícil de clasificar. Para analizar un fenómeno complejo como la soledad y el retiro del mundo, un buen método puede ser escrutar las relaciones y reacciones que el concepto produce en diferentes formas, ensayo, poesía, arte, cine, filosofía, arquitectura, literatura…, para observar así en sus intersecciones y reflejos la peculiaridad de algo tan presente y escondido como el espíritu del solitario. De tal modo proceden los profesores y comisarios de arte Alberto Ruiz de Samaniego (A Coruña, 1966) y Miguel Copón (Plasencia, 1965) en su ambicioso y totalizador ensayo, que traza un viaje (o deriva) razonable entre Montaigne y Warhol, Beckett, Gould o Tarkovski. «El arte no es razonable —replican al unísono ambos autores—, y parte del desarrollo conceptual del libro se concentra precisamente en los escollos a la razón: la locura, la enfermedad, la muerte, el silencio, todas las antesalas del delirio que produce la soledad», explican.
Resulta bastante paradójico el empleo de dos voces al alimón para abordar un asunto tan impar. Enseguida aporta el matiz Ruiz de Samaniego: «La soledad absoluta no existe. Como no existe el yo o la identidad sin su relación con los otros, comenzando por todos los otros que nos constituyen, que acaso forman legión».
Los nexos que plantea este trabajo son múltiples, pero no son caminos cartesianos, sino torres, túneles, galerías, estratos, advierte. «El mapa de conexiones entre autores, en que hay varios trazados, imágenes, citas, nombres, textos, semeja un universo kafkiano, hecho de resonancias y brillos por las ausencias, ecos y reflejos. Es la búsqueda conjunta, en suma, de una sistematicidad fluida, de lógica borrosa, con mil inicios y sin posibilidad de conclusión», subraya para dejar claro que aquí no hay respuestas sino felices preguntas y argumentos.
La soledad, incide Copón, abre un espacio de suspensión en el que la evidencia del mundo queda en entredicho. Una de las citas de las que nace este ensayo, que curiosamente no está contenida en él, es de la Teoría estética de Adorno: «Los artistas de rango máximo [...] unieron una agudísima conciencia de realidad a un alejamiento de la misma». Y es que para hallar cómo reconstruir los valores, hay que alejarse temporalmente de ellos, marcar una distancia crítica extrema, retirarse del juego. «En este punto —arguye—, el arte se iguala a cualquier forma de pensamiento».
Parece que, ante tanto estruendo, no solo político, hay una cierta tendencia hacia el retiro ante el mundanal ruido, cada vez más ensordecedor y acrecentado por internet. «Las redes están dando forma a una moderna pesadilla —aduce Ruiz de Samaniego—: la peor soledad es la que se produce en la multitud. La experiencia poética de Rilke nos ayuda a densificar nuestra experiencia, a entender con intensidad los signos que nos componen y que configuran el diálogo con los demás y el mundo. Pero este espacio sagrado es asaltado con los peores vicios que anuncian las redes y de los que ya nos advertía Marshall McLuhan: tenemos un altavoz que hace rebotar nuestra voz en la luna, pero nada que decir».
«“Las obras de arte son soledades infinitas”, decía Rilke —tercia Copón—, quizá en espera de esa paradoja perfecta en que María Zambrano resume la tarea de escribir: la literatura es hacer nuestra soledad comunicable. Un poema es una carta enviada por encima del tiempo en donde se pone en cuestión la conexión completa del universo, y su nueva coordinación mediante la palabra». En este sentido, para cartografiar esa intrincada orografía del retiro, ambos autores eligieron una serie de «autores heroicos», pues el viaje del héroe es una de las fórmulas antropológicas de análisis que convocan. «Figuras —ahonda— que, sencillamente, apuestan su vida completa en la tarea de búsqueda de sentido del mundo, y, al hacerlo, lo fundan, reinventan, transvaloran, pervierten: encienden».
Porque es necesario, agrega Ruiz de Samaniego, reencontrar una fuerza heroica para enfrentar el mal, releer la tradición y saber que se funda sobre el pacto frágil de la convivencia, el poder solidario de la sociedad —agujereado por el odio y la xenofobia—, una de cuyas argamasas cruciales es la memoria colectiva, hecha de imágenes, palabras, mitos, ejemplos heroicos compartidos. En este tiempo de trumpismo, capitalismo voraz y guerra, «profundizar en esas fuentes, con el espacio que el retiro proporciona, es también —sostiene— una defensa contra lo inmediato, el exceso de velocidad, lo ubicuo, lo indiferente, esas formas vacías de la superficie. El arte genera valor y valores, profundidad, en un mundo donde parece que, peligrosamente, todo da lo mismo, y son la fuerza y la estupidez las únicas leyes».
De las nuevas ciudades y el auge de la mística
En castellano —recuerda Alberto Ruiz de Samaniego— no existe más que una palabra para lo que los sajones distinguen como solitude y loneliness. La primera es la soledad deseada, búsqueda de un espacio distanciado desde el cual reelaborar los valores, perspectivas e imágenes del mundo. Estos valores corresponden al corazón de lo artístico y son el núcleo del ensayo que elaboró junto a Miguel Copón. Después está loneliness, que constituye, por el contrario, la soledad impuesta, no querida, que es uno de los problemas en crecimiento en las nuevas ciudades. Reino Unido y Japón, prosigue Copón, ya crearon ministerios para afrontar la gravedad de los problemas sanitarios que esta inadecuación social produce: la enfermedad y el suicidio, los más señalados. «El moderno desarrollo social nos empuja a un desierto individual», ahonda.
Quizá sea este uno de los factores del auge de la mística. «Parece que ahora todo está a mano —apunta Ruiz de Samaniego—, pero existe una sustancia que se esconde, de ahí la raíz de mística, lo cerrado, que forma parte de valores imprescindibles de nuestra construcción humanista. Lo místico es clave para darle fuerza y densidad a la experiencia, un valor intemporal del arte, que no puede reducirse a mercancía, fetiche, objeto de museo, idea o especulación, sino que posee toda la vital magnitud (enorme, extensa, inacabable, inabarcable) del misterio de cuanto nos rodea, incluida esa supuesta interioridad, cada día más vacía y ausente, que en los procesos extremos de introspección del arte aparece como un espacio iluminado por cada retiro o ausencia».