Grimshaw, la precisión del detalle

Naiara Montero IN MEMORIAM

CULTURA

XOSE CASTRO

17 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Sir Nicholas Grimshaw (1939?2025) fue uno de esos arquitectos que entendía la arquitectura como pocos: como un objeto en sí mismo, preciso, limpio, donde el detalle tenía tanto peso como la forma general. Para él, un edificio debía funcionar con la exactitud de una máquina, pero también debía emocionar con la sencillez de un buen diseño.

Nació en Hove, Sussex, en el año 1939, en una familia donde se mezclaban la ingeniería y el arte, algo que acabaría marcando toda su vida. Estudió en el Edinburgh College of Art y luego en la Architectural Association de Londres, donde se graduó en 1965. En 1980 fundó Nicholas Grimshaw & Partners, que con el tiempo se convertiría en Grimshaw Architects, un despacho internacional. Su carrera estuvo llena de proyectos emblemáticos: la fábrica Herman Miller en Bath, el Pabellón Británico en la Expo de Sevilla, la estación de Waterloo en Londres o el Eden Project en Cornualles, quizá su obra más conocida. Fue nombrado Comendador de la Orden del Imperio Británico en 1994 y recibió el título de caballero en el 2002.

Más allá de los premios y los grandes titulares, lo que de verdad definía a Grimshaw era su manera de trabajar. Se acercaba a cada proyecto como si fuera un objeto de diseño industrial: revisaba uniones, estudiaba juntas, se detenía en la forma en la que dos materiales se encontraban. Ese cuidado por lo pequeño terminaba sosteniendo la grandeza del conjunto. Quienes trabajamos con él sabíamos que podía pasar horas revisando un detalle, porque en esos detalles estaba la esencia del edificio.

En persona era discreto, incluso tímido. Escuchaba más que hablaba, pero cuando decía algo siempre era exacto y cambiaba la dirección de un proyecto. Tenía una enorme generosidad a la hora de delegar y de confiar en su equipo, pero al mismo tiempo era capaz de mantener un rumbo muy claro. Esa mezcla lo hacía único: un gran diseñador, pero también un gran gestor.

Lo recuerdo especialmente en el concurso que ganamos en A Coruña. Fue un proyecto complejo porque hubo que adaptar los métodos anglosajones —con sus especificaciones detalladas, la disciplina técnica y el control riguroso de la obra— a una realidad distinta, con otros fabricantes y otra escala. No fue fácil, pero aprendimos todos los días. Y lo sacamos adelante con entusiasmo, con ganas de coordinar y de aprender en cada paso. El edificio que quedó allí resolvió todos los parámetros urbanísticos planteados y sigue siendo un ejemplo de cómo aplicar esa obsesión por el detalle en contextos muy diferentes.

Grimshaw no solo levantó edificios, también levantó un modo de entender la profesión. Supo organizar un despacho de escala internacional sin perder el espíritu de taller, donde cada pieza se pensaba como parte de un objeto mayor. Esa fue, quizá, su gran enseñanza: que la arquitectura se construye desde lo más pequeño, desde la precisión del detalle, y que esa precisión es lo que da coherencia y dignidad a todo el conjunto.

Quienes trabajamos a su lado lo recordaremos por sus obras, sí, pero sobre todo por su manera de enseñar sin dar lecciones, de guiar con discreción, de mostrar que la arquitectura es, en el fondo, un objeto bien hecho.

Naiara Montero. Profesora en la Escuela de Arquitectura CESUGA y excolaboradora de Grimshaw