Hemingway en el norte, de los atunes gallegos a los olés de Navarra

Carlos Portolés / X.F.

CULTURA

Ernest Hemingway en el frente de Teruel durante la Guerra Civil española.
Ernest Hemingway en el frente de Teruel durante la Guerra Civil española. Robert Cappa

El 21 de julio se cumplen 122 años del nacimiento del premio Nobel de literatura Ernest Hemingway, quien dejó constancia en sus escritos del amor que profesaba por el norte de la península

21 jul 2021 . Actualizado a las 09:19 h.

Cuando venía a España, soñaba que era torero. Y pescador. Y brigadista.Y labrador. La inabarcable obra periodístico-literaria del Nobel Ernest Hemingway está salpicada de tristes y sentidas declaraciones de amor a los paisajes del norte. Desde los adoquines temblorosos de la Pamplona en San Fermines hasta las rías atuneras de Vigo, hay en las letras del escribiente ilinés un lamento sincero de emoción hacia los horizontes septentrionales de la península. A las rocas guerreras de sus acantilados, los verdes clareados de sus montes y el sentir fervoroso de sus tradiciones y sus gentes. Veía en Vigo una ciudad que «parece de cartón», y en cuyas aguas reposa, impertinente, el orondo atún, «rey de todos los peces, señor del Valhalla de los pescadores». En algún momento, y en algún lugar, alguien a miles de kilómetros desplegó un ejemplar del Toronto Star y leyó (probablemente con indiferencia) un reportaje sobre la pesca gallega firmado por un joven cronista no demasiado notorio. Un tal Ernest. Uno que contaba que un dólar al día era el jornal que le ofrecían los dueños de los barcos por unirse a una partida de pesca. Uno que, seguramente, se encaraba con la mar embravecida más por hobbie (o lirismo) que por oficio. Lo que hizo Hemingway con esos dólares gallegos, justamente ganados en duelo singular contra las bestias azuladas, solo lo sabe el viento. 

En Santiago no veía belleza metafórica ni figurada. Con esta fue más tajante. La nombró «ciudad más bonita de Europa». Lo de A Coruña rozaba la mitología. Para Hemingway, en la ciudad de la torre de Hércules, «la lluvia es tan natural que parece que no te mojas». Su elogio constante a los sinuosos recodos de lo gallego fue recogido, en toda su inusual extensión, por Carlos Casares en su libro Hemingway en GaliciaComo tantos escritores de ojo vidrioso, este gigante americano volvió su vista quejumbrosa hacia los pazos, las olas y los barrios de esta tierra que era, también, un poco suya. 

Son muchos los lugares en el mundo que recibieron el halago hiperbólico del escritor. Pero solo (o sobre todo) la costa del Cantábrico abrigó su corazón de juventud. Fue en Pamplona donde lanzó sus olés al torero y su verónica. En el río Ulla donde volaron los anzuelos de su caña. En los barrios coruñeses, aún sin pavimento, donde degustó su «primera buena comida en todo el verano de 1927». Los suspiros del primer Hemingway pertenecen a las botas de vino de Navarra, a las truchas y salmones del Narcea, a los bordes irregulares de Fisterra y a las piedras de la catedral de Compostela.  

El hombre que tan cínico fue con tierras y con gentes, no tuvo fuerzas para serlo con el lugar que le recibió siempre con sonrisa afilada y cantos entonados de jolgorio. A cambio de sus risas y sus lágrimas, de sus cafés abiertos y sus pesqueros rompeolas, el yankee entregó siempre solícito su pluma a la causa de que el mundo conociera los secretos de estas tierras misteriosas. De aquello que pinta el paisaje al norte de las mesetas castellanas.