«Los papeles de Aspern»: El precio de los recuerdos

eduardo galán blanco

CULTURA

El casi debutante Julien Landais naufraga en un academicismo mal entendido en esta adaptación de Henry James

04 dic 2020 . Actualizado a las 08:44 h.

Las novelas de Henry James han originado más de 150 películas. Otra vuelta de tuerca propició casi cuarenta adaptaciones, desde la gloriosa Suspense de Jack Clayton hasta El celo de Eloy de la Iglesia, pasando por Los últimos juegos prohibidos con Marlon Brando y en un par de semanas nos llegará una nueva versión interpretada por Mackenzie Davis. En fin, que James es un escritor frecuentado por el cine -Las bostonianas, Los europeos, La heredera, Retrato de una dama, Una señorita rebelde, La habitación verde- aunque, precisamente, de Los papeles de Aspern únicamente conocemos tres rarezas. Quizá el motivo es que Aspern resulta, de entre todas las obras del neoyorquino, la más difícil de adaptar.

La historia nos sitúa en Venecia, a finales del siglo XIX, adonde ha llegado un rico editor americano para hacerse con las cartas -James fue firme practicante de la literatura epistolar- de amor de un poeta fallecido -el tal Aspern- dirigidas a una mujer. El protagonista se introduce en la casa y en la vida de la amada, ahora anciana, como lo haría una araña, tendiendo su tela en movimientos envolventes que tienen mucho que ver con la posesión. Y es que una parte sustancial de la obra de Henry James trató esa acción depredadora del Nuevo Mundo, vampirizando al Viejo. Parece que, además, él mismo conoció a una condesa que guardaba celosamente su epistolario con Byron y, asimismo, trató a un bostoniano rico obsesionado con Shelley. Todo eso toma cuerpo en la «búsqueda del tesoro» que se nos cuenta en Aspern, filme que comienza con una significativa voz en off: «Necesitaba sostener la mano que Aspern tocó en vida pues uno no defiende a su dios, su dios es en sí mismo una defensa».

Pero a Julien Landais, joven director francés casi debutante, le viene grande la tarea y naufraga en un academicismo mal entendido, despistado por el atrezo, los cortinones y las sombras, descuidando las joyas que tiene entre manos, es decir a la dama Vanessa Redgrave -actriz jamesiana en Las bostonianas- y al petulante antipático Jonathan Rhys Meyers, actor que guarda en su rostro la frialdad y el espíritu mefistofélico del cazador, de la sociedad que ansía comprar lo que no puede tener. Y así, la película se queda en una triste oportunidad perdida para hablar sobre el precio de los recuerdos y sobre la decadencia de un mundo decrépito.