Héctor Abad: «No rendirse es condición necesaria, pero también hay que tener suerte»

El autor colombiano publica sus diarios, que documentan sus luchas vitales y sus esfuerzos por llegar a ser escritor

Héctor Abad dejó de llevar diarios hace unos diez años
Héctor Abad dejó de llevar diarios hace unos diez años

redacción / la voz

En el año 2006, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) publicó El olvido que seremos, un libro en torno a la figura de su padre, un médico humanista asesinado por sicarios. Aquella obra impulsó definitivamente la carrera de un autor que llevaba años buscando su voz y, sobre todo, tratando de superar las adversidades, las del mundo y las propias, para hacer de la escritura su vida. Un proceso que documentó en sus diarios entre 1985 y el 2006, que ahora ven la luz en Lo que fue presente (Alfaguara).

-Los diarios pueden leerse en su conjunto como la lucha de una persona por ser escritor, frente a las adversidades que se va encontrando: las económicas, las personales, la muerte... ¿Podríamos decir, parafraseando a Cela, que el que resiste gana?

-Es una frase optimista, la de Cela. Muchos han resistido la vida entera y no han ganado nada. Resistir, insistir, no rendirse, es una condición necesaria, pero no suficiente. También hay que tener suerte, por ejemplo, mucha suerte. Yo tuve suerte de encontrar algunos amigos que creyeron en mí y me publicaron libros (incluso si eran malos) porque pensaban que un día esa persona que yo era podía llegar a escribir mejor, a encontrar en mi vida o en mi mente mejores palabras y mejores temas. También -resistiendo- pude haber encontrado una muerte temprana y yo no habría escrito ningún libro, o solo uno, el primero, que no anunciaba nada bueno.

-El 1 de diciembre de 1993 escribe que el propósito de los diarios es que tu futuro yo recuerde cómo fue. ¿Podemos hablar de que la edad nos convierte en personas tan distintas? ¿O son capas como los sedimentos terrestres, que si excavamos lo suficiente acabamos por encontrar nuestras personalidades anteriores?

-Leyendo los diarios, no solo los míos, muchos otros, uno puede ver lo que cambia y lo que permanece de ciertas personas. En español decimos que «genio y figura hasta la sepultura». ¿Tenemos una personalidad para siempre o esta va cambiando con los años? A mí me parece que hay gente más rígida y personas más dúctiles y maleables: algunos, a los doce años, ya son lo que serán para siempre: en sus creencias, en su modo de ser, en los hábitos que prefieren, incluso en lo que comen y en lo que piensan en materia de ideología, de religión, de música. La mente juvenil es mucho más plástica que la mente adulta, y la adulta un poco menos rígida que la mente anciana. Para bien o para mal yo creo tener una mente muy plástica, o si se quiere muy frágil. Me siento como la mujer de Verdi en Rigoletto: «La donna è mobile / qual piuma al vento / muta d’accento / e di pensiero».

-Las entradas de cada 25 de agosto son conmovedoras: nunca deja de recordar a su padre: esa forma, íntima, en este caso, de que no se lo trague el olvido...

-Esa es una fecha que siempre recordaré, porque un 25 de agosto, el de 1987, martes, entre las 5 y las 6 de la tarde, mataron a mi padre. La memoria fija y recuerda algunas fechas como una cicatriz, como un tatuaje impreso en las neuronas. Y en el diario puse siempre en rojo los 25 de agosto de todos los años. Yo no sabía por qué, pero hace poco, a posteriori, supe exactamente por qué. Es algo curioso, lo descubrí en Madrid el 13 de marzo pasado, cuando empezaba este tsunami de la epidemia: en un manuscrito de José María de Pereda, el de la novela Peñas arriba, que está escrito todo en tinta negra, hay una cruz roja y una fecha en rojo, el dos de septiembre de 1893, sábado. Ese día en rojo uno de los hijos de Pereda, Juan Manuel, se quitó la vida. Al leerlo en él comprendí por qué yo puse siempre en rojo esa fecha: nuestra vida, nuestra memoria, tiene rastros rojos, rastros de sangre, rastros que no se borran porque se escriben con el color de la sangre.

-Y que acaba por cristalizar en un libro. Si no me equivoco, la primera referencia a lo que luego sería «El olvido que seremos» es la del 25 de agosto de 1997. ¿En qué medida le ayudaron los diarios a construir el libro, o no necesitó consultarlos?

-No, en realidad cuando escribía El olvido yo no consulté los diarios. Este libro fue escrito con la perspectiva de la memoria, o incluso de esa mala memoria que llamamos olvido, y que se parece un poco a la imaginación. Creo que los diarios me sirvieron, más bien, para mantener vivo el compromiso con mi padre, la promesa que le hice cuando pude escribir en los diarios su asesinato. Algo así como «mientras yo esté vivo no dejaré que te mueras». Lo mataron a él, pero no mataron todo lo que de él hay en mí.

-También a finales de 1998 hay una referencia fugaz a Fernando Trueba, que ahora ha dirigido la adaptación al cine del libro. ¿Cómo ha sido el proceso de trabajo con él y qué puede contar esta película en un sentido diferente a «Carta a una sombra», el documental que dirigió su hija, Daniela Abad, también tomando como base su libro?

-Una de las cosas más bonitas que me han pasado en los últimos años ha sido conocer a Fernando Trueba y a Cristina Huete, su mujer. Gracias al proyecto y luego al rodaje de la película basada en mi libro nos hemos vuelto amigos, amigos de verdad, amigos del alma. Esas cosas ocurren rara vez en la vida adulta, porque el corazón se va cerrando y volviendo rígido para acoger amigos nuevos. En cambio aquí hubo una simpatía tan profunda, en el sentido original de la palabra, que se ha creado una profunda corriente de afecto. En estos días de aislamiento hacemos reuniones virtuales por Skype y no es para hablar de la película sino de música, de libros, de nuestras madres, de poemas y lecturas, de los hijos. En fin, de lo que hablan los amigos. Yo no soy quien para juzgar la película que Fernando ya terminó. Creo que es una obra de arte y que Javier Cámara hace un papel extraordinario representando a mi padre. Es una película leal, fiel, amorosa. Pero me siento como hablando de un hijo, de una nieta, así que mejor no sigo.

-Una curiosidad: en octubre de 1999 asiste en Madrid a la presentación de un libro de un autor gallego al que no nombra. Me da la impresión de que podía tratarse de Manuel Rivas, a quien conoció después en A Coruña.

-Sí, es absolutamente seguro que se trata de él, pero cuando yo escribí esa entrada del diario, como es muy común en mí (tengo pésima memoria), no me acordaba de su nombre. Cuando pasé en limpio esa página tuve la tentación de poner el nombre, Manuel Rivas, pero con los diarios, con este tipo de diarios que yo llevaba, a mí no me parecía, no me parece honesto corregirlos. Creo que hay que dejarlos así, con todas sus lagunas, sus carencias, sus vacíos. Fue muy bonito haber conocido después personalmente a una persona tan buena y cálida como Rivas. Ahí también pongo alguna canción en un supuesto gallego inventado por mí. Seguro está lleno de errores, pero eso era lo que yo recordaba de esa presentación…

«He vivido un desprendimiento que se da con la edad»

En los diarios de Abad ocupan un gran espacio la vida sentimental del escritor, con sus altibajos.

-¿Debemos entenderlo como una búsqueda de pulsiones esenciales, frente a tanta muerte, y muerte violenta e injusta?

-En el Decamerón, cuando la peste bubónica arrasa a Florencia, Boccaccio hace que 7 mujeres y tres hombres se reúnan en una casa de campo en las afueras de Florencia, tal vez en Fiesole, a contarse historias que casi siempre son de amor, de enredos amorosos, y de sexo. Tal vez tengas razón: cuando a Medellín la azotaba la peste de la violencia, en los 90, yo escribí mi novela que más gira alrededor del sexo: Fragmentos de amor furtivo. Creo que el sexo puede funcionar a veces como un antídoto contra la muerte: al fin y al cabo matar y procrear son las dos actividades humanas más contrarias, más antónimas que existan.

-Una pregunta obligada: ¿Habrá una edición de diarios del 2007 hasta hoy? ¿Ha tomado notas de la situación de estos días?

-Dejé de llevar diarios hace unos diez años, por ahí en el año 2010, creo. Tengo algunas libretas de apuntes dispersos, que de vez en cuando, muy de vez en cuando, llevan una fecha. Pero ya no estoy tan interesado en mí o en mi vida como cuando era joven. En eso ha habido un cambio, un desplazamiento, o un desprendimiento que se da con la edad. Uno, poco a poco, se tiene que ir desprendiendo de su propia vida. Es una manera de aprender a morir, como quería Montaigne. Esta pandemia me ha hecho pensar muchas cosas, pero sobre todo me ha dado tiempo para intentar realizar un sueño que siempre tuve en la vida: aprender a tocar un instrumento. Estoy siguiendo en la Red las clases virtuales y gratuitas que da el guitarrista que ha acompañado durante mucho tiempo a Joaquín Sabina: Pancho Varona. No creo que a mi edad yo aprenda a tocar bien la guitarra, ni mucho menos, pero si al final de esta epidemia supiera tocar y cantar una canción, acompañado por la guitarra, así sea con errores, me voy a sentir muy contento.

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