El padre Merrin


Más allá de escenas, secuencias o diálogos, la memoria cinéfila se esculpe con personajes latidos a pie de pantalla. Como el padre Merrin en la icónica El exorcista, que William Friedkin estrenó en 1973. Con una toma espléndida de Owen Roizman, su delgada silueta de sombrero, abrigo y maletín, recortada contra la niebla bajo la luz de una farola al pie de la casa de la endemoniada Regan, pertenece a la galería icónica del gran cine. Cuenta Friedkin que no había conocido a un actor tan concienzudo, tanto, que su escena clave para expulsar a Satán de la niña inutilizó más de veinte tomas con sus correspondientes falsos techos destruidos. Max Von Sydow no mostraba convicción. Desesperado, y a punto de regresar el actor a Suecia, tuvo una última conversación con él, extrañado por aquel fracaso. «No me creo el diálogo porque no creo en Dios», fue su respuesta. Finalmente, bastó con una hora.

Otros directores -muchos de los grandes-, habrían contado anécdotas semejantes, que sus más de 160 apariciones en cine y en televisión dieron para mucho, desde la iniciática Solo una madre en 1959 para el clásico Alf Sjöberg, hasta la aún inédita Echoes of the Past del debutante Nicholas Dimitropoulos. Actor versátil, aunque escorado a papeles de villano durante un tiempo, fue la estrella más internacional del cine sueco, en particular desde aquel padre Merrin que le abrió a Hollywood en un frenesí que lo llevó a rodar por casi todo el mundo, no siempre en filmes memorables. Quiso la fortuna que estar en Star Wars. El despertar de la fuerza como Lor San Tekka y en Juego de tronos como Three-Eyed Raven, le devolviera a la popularidad entre los más jóvenes. Como jóvenes cineclubistas éramos quienes en los años setenta, le descubrimos en las magistrales El séptimo sello (1957) y El manantial de la doncella (1960). Más allá del maestro Bergman, nos marcó aquel actor alto y enjuto, de rostro inquietante y penetrante mirada.

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