El año que quisimos a Lucia Berlin

Los escritos autobiográficos reunidos en el libro «Bienvenida a casa», publicado en castellano el pasado noviembre, desvelan el alma de la escritora

La escritora norteamericana Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, Los Ángeles, 2004)
La escritora norteamericana Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, Los Ángeles, 2004)

Redacción / La Voz

Lo del 2016 con Lucia Berlin fue un amor a primera vista. Un auténtico flechazo que hay que agradecer a la maravillosa tensión del arco de Manual para mujeres de la limpieza, la antología de relatos que hizo que el lector descubriese a una escritora hasta entonces inexplicablemente oculta. «Las historias de Lucia Berlin son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cables pelados al tocarse. Y la mente del lector, seducida, fascinada, recibe la descarga, las sinapsis se disparan», corroboraba la narradora estadounidense Lydia Davis en el inicio del prólogo que preparó para aquella edición, la que lanzó a Berlin al primer plano de la escena literaria -ella que nunca había pasado de revistas y catálogos de pequeñas editoriales-. El fuego de aquel loco idilio amoroso se reavivó en el 2018, cuando, de nuevo en Alfaguara, se publicó Una noche en el paraíso, otra excelente colección de cuentos. Sonaban mientras noticias de su alcoholismo, de sus crisis, de sus divorcios, de sus pobres empleos, de sus penalidades económicas... Pero el lector, a veces de forma no del todo consciente, necesitaba saber más, entender de dónde salía aquella mirada acerada, aquella mezcla sutil de empatía y crudeza, aquella economía expresiva, ahondar en aquellos cuentos que traslucían más de una muy dura experiencia vital, un importante sustento biográfico.

Y llegó por fin noviembre del 2019, el año que, después de amarla tanto, conocimos a Lucia Berlin, con la publicación de Bienvenida a casa, una reunión de apuntes autobiográficos, fotos y cartas que reconstruyen sus primeros 29 años. Pero sobre todo cartografían una infancia y una adolescencia en la que la familia iba trasteando de un establecimiento minero a otro (el frío, las casuchas) siguiendo los destinos laborales de su padre, ingeniero. Y muestran el alcoholismo de su madre y la carencia de un hogar seguro, con esos cambios constantes -pija y desubicada en Chile, gringa en Nuevo México...- como uno de los pilares de su complejo universo, herido por la precariedad emocional. Ahora sí: además de amar a Berlin podemos entenderla, quererla.

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