La postura crítica y comprometida del poeta de raíces polacas lo empuja a viajar tras la verdad, que persigue por los caminos de la memoria, la belleza, la reflexión y el sosiego
05 ene 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, Adam Zagajewski (Lvov, Ucrania, 1945) es una de las voces más relevantes del panorama actual de la intelectualidad europea, un escritor cuya obra está marcada por la libertad, la independencia y el compromiso. Tras sus exilios en Francia y Estados Unidos, reside en Cracovia. Y es que sus raíces familiares están en la antigua Galitzia polaca, su patria espiritual y lingüística, pisoteada primero por la bota alemana y por la soviética después.
El exquisito gusto del editor Jaume Vallcorba -fallecido en el 2014- y el mimo de su sello barcelonés Acantilado lo han convertido en un autor muy apreciado en España, aunque, claro, nunca será un best seller.
El gozoso ensayismo que practica Zagajewski fragua en su finísima escritura y su alma de poeta -también en su condición de desterrado-, lo que hace que la lectura, a veces exigente, suela ser una tarea agradecida. Y lo es especialmente en el caso de su último libro publicado en castellano, Una leve exageración, en el que reúne una serie de textos breves a modo de particular dietario de aliento autobiográfico -heterodoxo, eso sí-, en el que caben la memoria, la experiencia familiar de la guerra, la reflexión, la historia, la anécdota, el aforismo, la digresión, la filosofía, la religión (y Dios), el ensayo, la cita, las impresiones fugaces, la recreación, el relato, la confesión sutil, las aproximaciones a la literatura, la música, el pensamiento y el arte...
La postura crítica de Zagajewski lo empuja a viajar tras la verdad, que él persigue siempre por los caminos de la belleza y el sosiego. Y evoca a Emerson: «Cuando algún pensamiento de Platón deviene mi pensamiento, cuando la verdad que encendió el alma de san Juan enciende también la mía, el tiempo se detiene». En las hermosas prosas de Una leve exageración -entre lo más íntimo del poeta- halla el lector muchos momentos en que el tiempo parece detenerse.