Una pizca de la Bauhaus en el Thyssen

El museo muestra la faceta pictórica del influyente movimiento en su centenario

Un visitante observa la obra «En el óvalo claro», de Kandinsky
Un visitante observa la obra «En el óvalo claro», de Kandinsky

madrid / colpisa

No hay objetos cotidianos. No hay sillas de tubos cromados, ni armarios tan funcionales como atractivos, ni delicadas máquinas de escribir, ni teteras, ni siquiera lámparas de volúmenes geométricos. Son «solo» cuadros. Catorce obras, en concreto, que se exponen en una de las salas del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en Madrid. Procedentes de la colección permanente, allí reposarán hasta el próximo 12 de enero, con motivo de la conmemoración del centenario de la Bauhaus.

Bajo el título La Bauhaus en las colecciones Thyssen, piezas de artistas como Johannes Itten, Lyonel Feininger, Paul Klee, Wassily Kandinsky o Josef Albers, todos ellos profesores de la escuela, encuentran acomodo en la pinacoteca y, de alguna manera, «erosionan un cliché», apunta Guillermo Solana, director artístico del centro museístico: el de que la Bauhaus fue solo un lugar dedicado a la creación de diseño industrial o al diseño gráfico, cuando en realidad fue también un lugar donde algunos de los maestros seguían trabajando e interactuaban con toda suerte de arquitectos y artesanos. «La Bauhaus no fue solo algo blanco o gris, o esa imagen de claridad geométrica, racionalista y funcionalista, también lo fueron Lászlo Moholy-Nagy o Oskar Schlemmer y la complejidad de sus formas y el color», ahonda.

«Arquitectura II (El hombre de Potin», de Lyonel Feininger
«Arquitectura II (El hombre de Potin», de Lyonel Feininger

En este sentido, Juan Ángel López Manzanares, uno de los tres comisarios de la exposición, hace hincapié en la importancia que estos maestros de la pintura tuvieron en el desarrollo de la Bauhaus. Cuenta Manzanares que Walter Gropius, fundador de la escuela, convencido como estaba de que de todas las artes la que más había renovado el lenguaje artístico a principios del siglo XX era la pintura no dudó en hacerse con sus servicios como profesores. «Es otra faceta de la Bauhaus», explica quien ha optado por seleccionar algunos de los cuadros que la institución mostró en la gran exposición que organizó en el verano de 1923. Así, la vibrante fuerza de piezas como Gran pintura del ferrocarril (Moholy-Nagy, 1920) conviven en perfecta armonía con las líneas más geométricas de obras como Composición II, Rosa y azul (Sándor Bortnyik, 1921). No en vano dice Juan Angel López Manzanares, uno de los tres comisarios de la exposición, que la muestra traza «la evolución desde un primer lenguaje expresionista, más subjetivo, hacia un lenguaje más vinculado hacia el constructivismo, en el que unas formas simplificadas y una idea de la universalidad podían servir para construir el mundo moderno».

La exposición se cierra con una vitrina en la que se alojan cinco de los libros que adquirió el barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza sobre la escuela y que le permitieron no solo ahondar en el conocimiento de esta academia, que «pretendía romper con el aislacionismo del artista y hacer del arte un proyecto para cambiar el mundo», sino también ir comprando las obras que más interés le suscitaban.

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