«O que arde», cortafuegos frente a la incendiaria posverdad

El premiado filme del lugués Oliver Laxe llega este viernes a las salas comerciales

Un momento del rodaje «O que arde»
Un momento del rodaje «O que arde»

Nació O que arde el pasado mayo en Cannes con el ADN del cine que no juzga -ni mucho menos condena- y que rehúye cualquier posicionamiento moral nacido del prejuicio o de la ley como legajo, y no como emanación de una armonía natural. Una película que aborda el drama de los incendios provocados sin espacio en su articulación dramática para las pirotecnias de guion ni para la simplificación argumental de la hoguera en la cual husmear culpabilidades. En realidad habita O que arde territorios a años luz de todas esas transacciones que -supuestamente- situarían al espectador en una zona de confort.

Y, sin embargo, hay en su médula una capacidad para establecer conexiones telúricas tan orgánicas que permiten que un jurado presidido por una figura como la directora francolibanesa Nadine Labaki (cuya idea del cine reside en las antípodas del de Laxe) acabase por otorgarle en Cannes a O que arde su premio de la sección Un Certain Regard. Y que, incluso más allá de los caminos que ese reconocimiento desmochó a la película en el mercado internacional -atención al número de copias con que el filme se distribuyó en Francia, 55-, permite que una obra de poética tan alejada de la complacencia o del mainstream como la de Laxe haya agrandado su alcance hasta extremos como los que indica su selección para un programa tan abierto al público de toda condición como es la sección Perlas del Festival de San Sebastián. Era -y creo que la memoria no me traiciona- la primera ocasión en la historia de este festival en la que una película de nacionalidad española era seleccionada en este foro reservado al gotha de los títulos internacionales de la temporada. Allí logró el premio Gipuzkoa Film Commission.

Hay en la postura creativa y ética de Oliver Laxe y de su obra -desde sus primeros cortos hasta la tríada de respaldos recibidos en Cannes- una irradiación que ilumina los contornos de su universo fílmico: es la que nace de una innegociable mirada, ajena a las poluciones del discurso dominante. La mirada que no transige con la convención en su tratamiento del ser humano como agonista en diálogo o en conflicto con la naturaleza y con los sueños o pesadillas que de ese inmarcesible roce se derivan. Y que es lo que llamamos la aventura de vivir.

Oliver Laxe
Oliver Laxe

Creo que la génesis de esa onda expansiva emocional -que provoca un filme cuyas figuras humanas protagónicas son seres casi silentes, de expresividad sorda y una ausencia de empatía que tiene sus raíces en profundísimas heridas ancestrales- es la paradoja del cine colosal que emana de los pasolinianos belleza y orgullo de los desheredados.

Esos personajes (el hombre que regresa al pueblo con la sombra de una aparente responsabilidad como incendiario en su pasado y su madre, con la cual mantiene un código de comunicación forjado en el silencio, en la lealtad de la sangre, en detalles nunca verbalizados) son los restos del naufragio de una Galicia que fue y que ya no será

Frente a la demagogia

Y el acercamiento a este personaje siempre fronterizo del acusado de pirómano es tan limpio como finalmente político. Porque, en un país en el cual los incendios forestales han sido arma arrojadiza entre Gobierno y oposición, Laxe alumbra una distancia que se lee como alegato frente a la inflamación o la demagogia sobre las cuales cabalga esta era. Un cortafuegos frente a la posverdad, percibido ya cuando nos acercamos al filme en su estreno en Cannes.

La única pista no inculpatoria que recibimos de este hombre cuya mirada se siente lacerada por la hostilidad que lo ha acompañado largamente es una afirmación suya, al desgaire, sobre el carácter depredador del eucalipto. El resto es silencio, porque el guion escrito por el propio Oliver Laxe y por Santiago Fillol está noblemente deshuesado de certezas.

Desde la poderosa secuencia-pórtico de O que arde -cuando vemos en plano aéreo cómo un buldócer va derribando en la noche árboles como piezas de un dominó o como esfinges vegetales de una era agonizante-, la película se abre así como mapa de un universo elegíaco, al que dota de significación visual profundísima el trabajo con la luz de Mauro Herce, hasta el punto de que esos colores, esas llamas y esas sombras hablan también de la austera aflicción que mora en las entrañas de esta obra.

Todos los fuegos, el fuego. Pero este, en el plano de situación de Laxe, juega casi siempre sus bazas desde el fuera de campo narrativo. Es -como dijimos- el tabú que tras su paso deja como heráldica de nobleza sin blasones la imagen de una anciana y de un caballo ciego y viejo caminando sobre las cenizas de la inocencia. Y la crepitación del bosque es el sonido de las almas muertas, porque también hay mucho del cineasta ruso Tarkovski en este inafectado sacrificio de un ciclo histórico, de una tierra quemada y doliente que se erige en gran cine de la evocación de una cosmogonía que se desvanece.

O que arde llega este viernes a las salas comerciales españolas.

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