El filme de Polanski, un ladrillo histórico recibido con ovación desmesurada

Kristen Stewart se reencarna en Jean Seberg y Rodrigo Sorogoyen se descalabra con su «Madre»


Venecia / La Voz

Llegó por fin Polanski a la Mostra. Bueno, no él personalmente, por si acaso la Interpol, aunque se le pueda ver en un cameo con bigotón decimonónico en una secuencia de Un oficial y un espía, aplaudida clamorosamente en la Dársena. Hay algo que convendría aclarar  para no contribuir a crear burbujas. El affaire Polanski en el entorno del festival, de la crítica y el público, se reduce a la posición personal de la directora del jurado, Lucrecia Martel, cuya postura de no presentarse en el pase de gala «para no aplaudir al cineasta en la sala» se torna dadaísta porque Polanski está en París y no se le espera. Y, además, para mí Un oficial y un espía es un importante ladrillo que no merecería ni un hasta luego. En ella, reconstruye el conocido escándalo Dreyfus, en el cual la Francia de finales del XIX dejó caer el peso de su antisemitismo seminal sobre un oficial judío al que condenó injustamente por espionaje. La narración es de un academicismo plúmbeo, subrayado «ad nauseam», con Jean Dujardin como caballero con espada y Emile Zola con cara de cantante de ópera. El Yo acuso de Zola remite, claro, a la denuncia de las persecuciones corales, de las cazas de brujas, de los encarnizamientos de la masa. Que Polanski quiera asociar su caso personal al antisemitismo que se llevó por delante a 6 millones de seres humanos me parece cuestionable, si no innoble. Y da señal del agotamiento del vigor creativo de un cineasta que ha sido mayúsculo en sus alquimias de atmósferas de la opresión, de las conspiraciones y de los aquelarres en La semilla del diablo Repulsión, Chinatown, Cul de sac, Macbeth, El quimérico inquilino o The Ghostwriter, su último aliento poderoso, hace ya una década. Lo de ayer es solo el quejido impersonal y ahíto de un autor que fue gigantesco como pocos. Pero cuyo tiempo pasó.

Es oportunísima Seberg, filme que rescata otra caza de brujas muy real: la que sufrió la irredenta musa marcada a fuego por Otto Preminger y por el look garçon que modeló sentimentalmente la nouvelle vague. El filme se centra en los tres años, de 1969 a 1972, en los que el FBI de Hoover acosó a esta Juana de Arco del melting pot racial y de los Black Panthers. Hay vasos comunicantes interesantísimos entre Seberg y el Érase una vez en Hollywood de Tarantino. Porque al mismo tiempo que la familia Manson se metía hasta en la cocina de Sharon Tate, el FBI llegaba a poner micros en la cama de Jean Seberg. Aquí está de nuevo la actriz Margaret Qualley, la más dulce de las chicas Manson.  Y en el film de Tarantino, Sharon Tate entraba en un multicine donde proyectaban Péndulo, conspiranoico thriller que protagonizaba Seberg. Ver a Kristen Stewart -figura de pasos y carrera también desafiantes- transmutada en la actriz que dio la lata al poder y al «establishment» hasta terminar suicidada como un hermoso cadáver para que pareciese un accidente es un acto de lealtad y de reivindicación de la otra mártir casi olvidada -porque ésta era política, oscura y más incómoda- en el año de la adoración por la más etérea y blanca Sharon Tate.

Rodrigo Sorogoyen comprimió hace años en un corto emocionalmente malvado, Madre, el shock  de una mujer que asistía, a través de un teléfono móvil, al secuestro de su hijo de 5 años por un pederasta en la soledad de una playa francesa. Debió de gustarse tanto en ese corto que decidió que sobre él alargaría una película de más de dos horas con idéntico título.

Un letrero nos traslada a diez años después. Aquella madre se ha trasladado a una de esas playas en donde su hijo se perdió en la noche. Y trabaja en un chiringuito, aferrada a la zona cero de su vida rota. Y asistimos a su obsesión por un adolescente francés que muy bien pudiera ser suyo. Sobre esa base, cabría haber jugado la baza extrema de una patología postraumáutica incurable. Ese amor de madre o de mujer por el efebo que muy pronto le corresponde. Pero el desarrollo de esa obsesión es un desmadre narrativo y estilístico inenarrable. Una sucesión de incongruencias, de decisiones argumentales absurdas. Me pregunto como un ave rapaz de la industria como Sorogoyen no vio venir el tiro en el pie para su credibilidad que supone Madre, recibida con jolgorio en su pase de prensa. En ocasiones, el «egotrip» no te deja ver al abismo bajo tus pies.

Koreeda empapa en almíbar a Deneuve y Binoche en su película «La vérité»

José Luis Losa
Ludivine Sagnier, Juliette Binoche, Hirokazu Koreeda, Catherine Deneuve, Clementine Grenier y Manon Clave, en la presentación del filme «La vérité» en el 76.º Festival de Venecia
Ludivine Sagnier, Juliette Binoche, Hirokazu Koreeda, Catherine Deneuve, Clementine Grenier y Manon Clave, en la presentación del filme «La vérité» en el 76.º Festival de Venecia

Crece en Venecia la polémica por el filme de Polanski al advertir Lucrecia Martel, presidenta del jurado, que no acudirá al pase de gala de la cinta del realizador polaco-francés

Siempre he percibido en la mayor parte de quienes acuden a juzgar festivales de cine una mirada en exceso condescendiente con las maneras de entender las emociones en la obra del realizador japonés Hirozaku Koreeda. Lo que para otros es ternura sublime a mí me suele revolver en la butaca porque, además, el epicentro de sus historias suelen ser críos. Y ya decía Alfred Hitchcock que en el cine hay que tener mucho cuidado con los niños, con los perros y con Charles Laughton. De Koreeda solo me gustan la ya lejanísimas Nobody Knows y Still Walking. Y también Shoplifters, aunque su Palma de Oro del pasado año fuese un premio desmesurado. La 76.ª Mostra veneciana ofrecía para inaugurar un salto de trapecio a priori sugestivo. El del cineasta japonés en un looping de profundo afrancesamiento, dándose el bote a París para pasar de sus oliver twist orientales a las dioríssimas Catherine Deneuve y Juliette Binoche.

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