Jorge Fernández Díaz: «Mi Macondo está en Asturias»

Miguel Lorenci

CULTURA

Fernández Díaz cuenta la historia de su madre, que emigró a la Argentina de Perón desde un pequeño pueblo asturiano, Almurfe
Fernández Díaz cuenta la historia de su madre, que emigró a la Argentina de Perón desde un pequeño pueblo asturiano, Almurfe BENITO ORDÓÑEZ

«Mi madre hacía llorar a su psiquiatra», evoca el narrador y periodista bonaerense, que revisa su exitoso libro «Mamá» con nuevos testimonios

23 feb 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960) tiene su Macondo en Almurfe, una pequeña aldea asturiana. Allí nació su madre, Carmen Díaz, el alma de Mamá, el conmovedor libro que escribió hace casi veinte años y que, revisado y enriquecido, publica Alfaguara en España. La historia de la joven campesina forzada emigrar con 15 años a la Argentina de Perón fue un bombazo en su país. Abrió una veta «emocional» para las posteriores novelas de intriga de «uno de los tres periodistas más influyentes de Argentina», según su «compadre» y «padrino» Arturo Pérez-Reverte.

-¿Quién es Carmen Díaz?

-Una guerrera sufriente que fue al otro lado del mundo huyendo de la miseria y de la desgracia y acabó atrapada en un país hostil, pero remontando el partido. Es una terrible paradoja que ahora que este libro llega a España ella esté perdiendo su memoria. El alzhéimer se come sus recuerdos.

-¿Ha reescrito el libro?

-Casi. Incorporo nuevos testimonios de los muchos personajes vivos. Todo es verídico, aunque la ficción te permite a veces ser más honesto que la realidad.

-¿La palabra inmigración, tiene hoy un sentido distinto?

-Sí. La historia de los inmigrantes españoles fue barrida bajo la alfombra en Argentina y en España. Nuestra memoria contemporánea es corta. Los bien alimentados de las grandes ciudades creemos que la prosperidad, la libertad, la democracia y el progreso nos vienen dados. Que se nos deben. Aquellos emigrantes sabían que tenían que luchar por todo. Su cultura del esfuerzo y el trabajo, la épica de salir adelante se ha perdido. Creo que muchas veces la prosperidad estupidiza. Los más de 25.000 venezolanos que han llegado a Argentina han logrado trabajo y hay muchos argentinos que llevan años en paro.

-Tras hablar con asesinos, narcos y políticos corruptos ¿entrevistar a su madre fue, de veras, lo más difícil de su carrera?

-Sin duda. Había vivido el destierro como un desgarro personal, con una enorme tristeza que devino en depresión. Cuando supe que la psiquiatra que la atendía lloraba al escuchar su historia, empecé a escribirla. La entrevisté más de 50 horas. Comprendí que tenía un relato descomunal. Que nunca conocemos de verdad la historia de nuestras familias, que son siempre un infierno y un paraíso a la vez. Ejercí de periodista con ella y surgieron cosas terribles. Supe que mi adorado tío abuelo perseguía a mi madre para violarla. No quería publicarlo, pero Gloria Rodríguez, de Sudamericana, el sello que descubrió Cien años de soledad, lo leyó entre lágrimas y dijo que había que publicarlo. Y mi madre se avino.

-¿A qué achaca que el libro vendiese 220.000 copias en su país?

-Esta historia desgarradora, triste y llena de humor es la de cualquier familia. En todas hay héroes, canallas y mediocres. Hice un árbol genealógico riguroso y acabé retratándome. Las manías, la chispa de mis antepasados estaban en mí. Traté de escribirla al modo en que filmaba John Ford.

-Su madre leía a Corín Tellado y su padre a Lafuente Estefanía. No eran intelectuales, pero ¿sí fueron su puerta a la literatura?

-Sí. Mi madre me regaló la colección de Robin Hood, pero mi padre confundió mi afán por ser escritor con la vagancia. Era camarero en Buenos Aires. Que yo no quisiera ser abogado o ingeniero para garantizar la prosperidad de la familia hacía de mí un vago y un traidor. Gracias al periodismo y una novela por entregas que publiqué en un diario nos reconciliamos tras años de silencios. Me llamó para preguntarme cómo seguía la serie. La literatura nos reunió después de que me hubiera dado por perdido.

-Su relación con Asturias es...

-De amor. He vuelto muchas veces. Yo hablaba bable en casa y en la escuela. Los chicos se burlaban de mí y me pegaban en el colegio antes de que se inventara la palabra bullying. Mi madre me mandó a hacer yudo. Fuimos unos españoles extraños y distintos. Inventé la palabra argeñol para definir a quienes no saben muy bien si son de acá o de allá. Cada vez que estoy en Almurfe siento que es mi pequeña Macondo. Se me encoge el corazón. Es una aldea muy pequeña, con no más de 20 personas. Tengo la sensación de que soy de allí a pesar de vivir tan lejos.

-Usted hace periodismo, ¿sigue siendo un oficio con sentido?

-Claro que sí. Está mutando. Muchos no comprendemos del todo el nuevo mundo lleno de burbujas de sentido. Ahora no trabajo con información, sino con opinión. Lejos del vértigo de Internet. Escribo un artículo de 1.200 palabras al que dedico diez horas.

-Le cambió la vida este libro...

-Descubrí que me interesaban las emociones y la naturaleza femenina. Los periodistas trabajamos con hechos, no con sentimientos. Pero las emociones se impusieron y se trasladaron a mis dos libros de espionaje que protagoniza Remil, que vendieron 90.000 ejemplares cada uno en Argentina. A ese maldito agente y espía le coloco mis problemas emocionales, mis obsesiones amorosas y problemas familiares.

-¿Vuelve el «hijo de remil putas»?

-Sí. Pero no sé cuándo.