¿Qué fue del baúl de Salinger?

Miguel Lorenci MADRID / COLPISA

CULTURA

En el centenario del nacimiento del esquivo escritor, no se ha publicado ninguno de los manuscritos hallados tras su muerte

29 nov 2022 . Actualizado a las 18:14 h.

Ocho años después del fallecimiento -y cuando se cumplen cien del nacimiento- de Jerome David Salinger (1919-2010), persiste el enigma sobre el legado del legendario y esquivo autor de El guardián entre el centeno. Supimos a su muerte que el más huraño, huidizo y furioso de los narradores norteamericanos nunca dejó de escribir. En el 2013 se anunciaron varios inéditos de los que ninguno ha visto la luz. Sus albaceas y editores guardan silencio.

Salinger evitó con ardor enfrentarse a una cámara o una grabadora durante más de medio siglo, y batalló contra cualquier intromisión en su vida privada. Pero nadie creyó que el ermitaño de Cornish hubiera dejado de escribir. Varias fuentes constataron que a su muerte, el 27 de enero del 2010, en su casa de New Hampshire había un baúl plagado de manuscritos y guardado bajo siete llaves.

Su hija Margaret confirmó que el propio Salinger le mostró los escritos marcados con un código que señalaba qué debía ser publicado tras su muerte. Sus biógrafos confirmaron la existencia del baúl y de las instrucciones de Salinger sobre qué y cómo se debía publicar entre los años 2015 y 2020. Se habló de un nuevo libro sobre los Caulfield, de otro con relatos de la familia Glass, dos más inspirados en la Segunda Guerra Mundial y un quinto sobre el Vedanta, la filosofía hinduista que adoptó.

El silencio de los editores

Los editores americanos (Simon & Schuster) guardan silencio y alimentan el enigma Salinger, a pesar de que muchos de sus secretos se dinamitaron cuando en el 2013 un documental y una biografía definitiva iluminaron el agujero negro que fue su vida. Sus arcanos fueron inviolables para la legión de biógrafos, periodistas y admiradores que se estrellaron contra el muro construido por el padre de Holden hasta que lo asaltaron Shane Salerno y David Shields. Son los autores del documental The Private War of J. D. Salinger y del libro Salinger (2014, Seix Barral). Estos «sabuesos» necesitaron una fortuna y ocho años para entrevistar a 200 personas, entre amigos y enemigos del escritor. Recopilaron cartas, documentos y fotos inéditas del esquivo autor, cuya imagen más difundida era la del canoso anciano que aporrea el coche del fotógrafo que lo cazó en un párking.

Confirmaron que no paró en 1965 y que siguió escribiendo sin cesar durante 45 años en cuadernos que acumuló en una habitación sellada y que deberían salir a la luz tras su muerte. Sus herederos y albaceas -su hijo Matthew y Colleen O’Neill, su tercera esposa- no han movido ficha. Salinger no publicó una sola página desde 1965, y la revisión en 1997 de una obra anterior fue su última cita con la imprenta. Fortificó su intimidad desde su primer éxito editorial. Exigía portadas en blanco, sin solapas ni foto. Ante el acoso de la fama, blindó su entorno.

Pero soportó desde su guarida cómo se oreaban los episodios más íntimos de su vida y lo presentaban como un ser violento, inestable y maniático. Su hija Margaret Peggy Salinger no ocultó en El guardián de los sueños (Debate, 2002) la propensión sexual de Salinger hacia las adolescentes, su proximidad a la iglesia de la Cienciología y los coqueteos con el zen o la dianética. Lo retrató como un terrible ogro de filias, fobias y manías tan extravagantes como beber su propia orina. Confirmó la tortura psicológica a la que sometió a su progenitora, Claire Douglas -con quien Salinger se casó en 1955 y de la que se divorció en 1967-, madre de sus dos hijos. Desveló pasajes de la infancia del escritor y de su primer matrimonio fracasado con una francesa integrante del partido nazi alemán, Sylvia, a la que acabaría llamando Saliva antes del divorcio.

Sin agua ni electricidad

Joyce Maynard, amante de Salinger cuando ella tenía 18 años y el escritor 53, aireó más miserias y derribó antes en Mi verdad (Circe, 2000) el mito del escritor aureolado de mística superioridad. En nueve meses de convivencia comprobó sus manías homeopáticas y su interés enfermizo por el misticismo oriental y el cine antiguo, antes de ser expulsaba de la casa-fortaleza de Cornish en la que Salinger se instaló en 1953 sin agua, electricidad ni teléfono.

Creyó que debía callar para proteger a Salinger hasta comprender que vivió «una situación de violación y abuso» y que «Salinger actuó con violencia en la vida de una serie de chicas muy jóvenes». Las 14 cartas de amor que Salinger envió a Maynard fueron adquiridas por Peter Norton, que pagó una millonada «para proteger la intimidad» del escritor.

Salinger concedió una única entrevista y llevó a los tribunales a biógrafos y husmeadores de su correspondencia y sus pasos. Batalló por su intimidad en Internet y logró cerrar varias páginas web. Su agente tenía orden de quemar sin abrir las cartas de admiradores. Ian Hamilton, su primer biógrafo -En busca de J. D. Salinger (Mondadori, 1998)-, se las vio en los tribunales con un Salinger que trató de impedir la publicación y logró suprimir sus cartas. Su último biógrafo es Kenneth Slawensky, autor de Salinger, una vida oculta (Galaxia Gutenberg, 2010). Solo un año antes de morir consiguió que se prohibiera la pretendida continuación de El guardián escrita por Frederik Colting: 60 Years Later: Coming Through the Rye.