Sitges homenajea con «Mandy» a un renacido Nicolas Cage

Tras ganar la Palma de Oro o el Óscar antes de los 30 años, llegó su caída profesional


SITGES / E. La Voz

El fenómeno Nicolas Cage es merecedor de un estudio sociológico. Nacido estrella, sobrino de Coppola, miembro del brat pack de mocosos de su tío en Rumble Fish, ganó la Palma de Oro con Corazón salvaje, de David Lynch, y el Óscar por su dipsómano inolvidable de Leaving Las Vegas. Todo con menos de 30 años. Y después, la caída. Muchos reventones. Fama de tipo complicado en los rodajes. Y su progresivo descenso hacia el submundo de la sere B o Z. Películas de espada y brujería o de terroristas de chiste, en los cuales Cage semejaba su autoparodia. Disfrazado de chamán con greñas o de detective con colocón, siempre sobreactuado. Hay que ver como de ese lodazal, los millenials lo rescataron para convertirlo en algo más que en actor de culto, en un ahijado queridísimo. Hasta el punto de que se ganado un camino unipersonal: el de los filmes con y para Nicolas Cage. En ellos, el actor se ha aprendido su rol. Debe de elevar sus registros hasta el paroxismo: desorbitar sus ojos como un cartoon. Reirse de su dorada sombra. Eso hace en Mandy, de Panos Cosmatos, presentada a concurso en un repleto Auditori donde más de mil personas se rompen las manos y gargantas aplaudiendo cuando su nombre abre los créditos. Luego Mandy es un revenge lisérgico, dantesco, tan pasado de rosca como pide el personal. Es puritito one man show donde Nicolas Cage toma revancha de una secta muy Charles Manson que ha asesinado a su mujer. Y el trayecto de la película está totalmente descargado sobre esa venganza del áctor, ave fénix recauchutada en sangre y éxtasis, empoderado con una sierra mecánica con la que poda miembros y se envenena de rojo descuartizado. Hay que decir que Mandy posee, además, una hora inicial embebida de buena adrenalina. Y en esos fastos del exceso, Nicolas Cage ya se sabe monarca del descenso a los infiernos, ángel caído reverenciado, Luzbel al que ya le va bien ser un divino descarte del Hollywood premier en el que nació. Para volver a descubrirse, encantado de reconocerse, como pocero áureo de películas de derribo que él reconstruye a golpes de hemoglobina, de sus retinas que le preceden como una barriga ochentera. De sus mil gritos que son tan venenados como los aullidos de un Allen Ginsbeg del cine suburbial.

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