Dentro de Helena Almeida

Adiós a una de las figuras más relevantes del arte portugués desde la segunda mitad del siglo XX


Redacción / La Voz

Las cosas más valiosas del arte son aquellas para las que no tenemos explicación alguna. No sabemos por qué nos gustan. La obra de Helena Almeida escapa a toda etiqueta y nos llega dentro sin que nos demos cuenta y no de una forma súbita, es más bien como una lluvia fina. Puede tardar años, pero una vez que se instala plácidamente en nuestro imaginario, ya siempre nos pertenece. Ahora que nos ha dejado, el vacío es enorme y su presencia, que no era ruidosa en vida, es clara y limpia.

En Galicia pudimos disfrutar de su obra en el CGAC en el año 2000, siendo Miguel Fernández-Cid su director, y, después, en la coruñesa galería Ana Vilaseco en el 2013. En su obra están presentes la mayor parte de las inquietudes y los soportes contemporáneos: el dibujo, la pintura, la fotografía, el concepto y la performance. Pero el aglutinante fundamental es el misterio.

Todo empieza y acaba en el estudio, que contiene el magma del que se nutre todo el corpus de su obra. Primero el dibujo y la reflexión; luego el proceso o la acción, y la comprensión del espacio; más tarde se produce una fotografía en blanco y negro, tomada fielmente por su marido, Artur Rosa, que no es ni extremadamente pulcra ni deliberadamente desmañada; finalmente sobre el cálido grano fotográfico, y solo a veces, se aplica la pintura, casi siempre un tono muy próximo al añil.

Cuando la obra llega a nosotros es sencillamente Helena en su estudio. O paseando sobre un enlosado de piedra tenuemente mojado por la lluvia. Es ella pero como si de un material más se tratase. No nos habla de sí misma. No hay autorretrato, ni retórica. No utiliza su cuerpo de una forma panfletaria. Ella misma lo explica en el título de su reciente exposición del 2015 en el Museo Serralves de Oporto: «A minha obra é o meu corpo, o meu corpo é a minha obra». Nada más.

Hace dos semanas inauguraba una exposición -la última exposición- en la galería madrileña Helga de Alvear titulada Dentro de mim. En la primera sala había obra reciente, de este mismo año. Esto nos habla de una artista en activo, comprometida con su trabajo hasta el final. Al fondo, una obra monumental y fuera de escala en la que aparecía en pie, de cuerpo entero, hierática como un escriba. Desde la izquierda, salía la mano de un hombre. Tapaba su cara. 

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