César Portela: «No hay que tener miedo»

El arquitecto tiene en su estudio un templo donde se amontonan los «highlights» de una carrera deslumbrante


El amplio espacio de su estudio donde César Portela (Pontevedra, 1937) me invita a acomodarme es como un templo donde se amontonan los highlights de una carrera deslumbrante: del faro de Punta Nariga al Museo do Mar de Vigo, la Domus de A Coruña o el cementerio de Fisterra. Todo está por allí en bocetos, libros, maquetas... Pero el arquitecto sigue activo, muy vivo, muy joven.

-Se conserva usted muy bien.

-Sí, ja, ja. Pues no hago nada especial, lo de toda la vida. Decía mi padre que los que no servimos para otra cosa tenemos que trabajar.

-No le pregunto por la jubilación.

-Cuando me muera ya me jubilaré. Yo hago un trabajo que me gusta. Me costó, porque andar por la vida de llanero solitario cuesta, pero también produce muchas satisfacciones: afeitarte cada día y mirarte al espejo y no avergonzarte. Eso no tiene precio.

-¿Qué está haciendo ahora?

-Tengo algunos proyectos que me tienen muy emocionado: la terminal de la intermodal de A Coruña y una obra en el Mosteiro de Oseira. También la remodelación y ampliación de las T1, T2 y T3 de Barajas, que es otro concurso que ganamos.

-Su infancia fue en la posguerra. Momentos difíciles.

-Yo soy de la época del racionamiento y las estrecheces, pero lo compensábamos con ilusión. Éramos muy felices jugando a los trompos y a las canicas o bañándonos en el Lérez. Ahora tenemos una sociedad de consumo excesivo. Antes sabíamos disfrutar de las cosas que no costaban.

-¿Y era muy gamberrete, le daban una chaparreta de vez en cuando?

-Antes era más frecuente. Pero mis padres no me pegaron nunca. Un día, mi padre estuvo a punto cuando me vio apuntando a un pájaro con una escopeta de balines que era de un vecino. Pero yo era travieso como todos.

-¿Cómo se interesó por la arquitectura?

-Quizás por mi padre, que era ingeniero industrial. Era un gran dibujante. Se hizo aparejador y yo lo acompañaba a ver obras. Me gustaba mucho la relación que tenía con la gente: con el albañil, el cantero... Acababan tomando un vaso de vino y tratándose como iguales. También pensé en ser marino. Y en el cine. En Madrid iba a las clases de la Escuela de Arquitectura y también iba a las de la Escuela de Cinematografía.

-Reflexione un poco sobre el feísmo.

-Es una maldición. Mire, Galicia fue un ejemplo de bien hacer en unas épocas: los monasterios, los pazos, las casas, los galpones, los muros, los puentes... está todo en su sitio. Hay una racionalidad que se perdió. Llegó un momento en que la gente que tenía dinero, no tenía cultura. Y destrozaron el paisaje. Es un tema que me hubiera gustado estudiar más a fondo: cómo un pueblo que dice amar tanto a su tierra a veces parece que la odia.

-De tanto en vez, la vida nos regala momentazos de gran satisfacción. ¿Los ha sentido?

-Algunas veces, sí. Momentos en los que dices: «Qué suerte tuve de poder hacer esto». El faro de Punta Nariga, por ejemplo. O esta casa que los propietarios están contentos con ella. La arquitectura tiene más importancia de la que se le suele dar, porque construye el escenario en el que se desarrolla la tragicomedia de la vida.

-Preguntarle por la mejor de sus obras será inútil.

-Sí. Es como preguntar a qué hijo quieres más. Pues depende. Pero tengo mucho cariño a la Estación de Autobuses de Córdoba. Fue un reto y estoy muy contento de que la distinguieran con el Premio Nacional de Arquitectura.

-Lamentará el desarrollo del cementerio de Fisterra.

-Sí, ha sido una desgracia, un ejemplo de mal entendimiento, pero ahí está.

-Sigue sin haber nadie enterrado.

-En tiempos hubo un okupa que me mandaba correos. Decía que nunca había vivido en un sitio tan bonito, pero también se quejaba de que había humedades, ja, ja.

-¿Cuál es el edificio que más le ha impresionado?

-El Panteón de Roma. Una vez pasé todo el día dentro. Salí solo a comprar un bocadillo.

-¿Y la ciudad que le dejó boquiabierto?

-Venecia. Es una lección, aunque hoy no se puede visitar por los turistas.

-Una vez le pregunté a Gallego Jorreto si prefería cenar con Norman o con Jodie Foster.

-Yo con Jodie.

-Él también. ¿Sabría hacer una tortilla de patata?

-Sí, es de lo poco que sé cocinar.

-Siendo de Pontevedra, habrá ido a los toros,

-No, nunca. Ni pienso ir.

-Defínase en pocas palabras.

-Eso debería hacerlo otro. Procuro ser respetuoso y me gustaría que me recordaran como una buena persona.

-Una canción.

-Alguna de Bob Dylan.

-¿Qué es lo más importante en la vida?

-Ser feliz, tener salud y no tener miedo. No hay que tener miedo.

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