3,14

Jerónimo Prieto Gutiérrez

CULTURA

Jerónimo Prieto Gutiérrez. 43 años. San Fernando. Funcionario

22 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Ahora que soy un hombre muy viejo y no espero mucho más de la vida, de todos los rostros del pasado que se me aparecen solo hay uno que veo nítidamente cuando miro atrás. Hay recuerdos que veo detenidos en el tiempo como un lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Personas que pasan por la vida sin dejar rastro y otras que permanecen y no se olvidan jamás. En algún lugar de la eterna secuencia, está todo lo que nunca susurré a la mujer que siempre amé y el retrato y explicación de su sonrisa por los más idílicos poetas.

Tengo conciencia de felicidad. Me dejo caer con dificultad en la mecedora, contra la claridad metálica y reverberante del corredor de cristales y leo una vieja nota de colores sepia, que escribí hace mucho: «El valor de pi truncado en sus primeras cifras es 3,14. Esto es solo una aproximación porque contiene infinitos números decimales que no siguen ningún patrón. Apenas conocemos una ristra de unos 13 billones de dígitos y por más que un superordenador se pasara la vida entera calculando, nunca encontraría el final. Por tanto, ¿sabes que cualquier secuencia de números imaginable tendría que presentarse obligatoriamente, en algún momento, en su eterno desarrollo decimal?

Todo estaría contenido en pi, toda la información que haya existido o pueda existir en un futuro está codificada en su divina e indefinida secuencia. Imagino, por tanto, en algún lugar desconocido de esa cadena figura toda la historia pasada y la del porvenir (basta con codificar las letras en números, por ejemplo en lenguaje binario), cualquier libro completo escrito o por escribir, con una o con todas las faltas de ortografía posibles y su traducción a todas las lenguas actuales y también a las pretéritas y remotas».

Epílogo: Mi abuelo se despidió de la vida con sencillez, nadie, ni siquiera él mismo, se dio cuenta de sus preparativos del viaje al más allá. Un 29 de septiembre se sentó en la mecedora para no despertarse más. En ocasiones medito el porqué de esa vieja nota en su regazo. Y el enigma de su gesto que reflejaba sin duda… una serena y elegante esperanza.