Director científico del programa A. Mellon para la catedral de Santiago, Fundación Barrié y Harvard (RCC)

Un rasgo esencial de la obra del maestro Mateo se revela en la conexión integral que en ella se establece entre la materia constructiva y el concepto arquitectónico, la naturaleza y el arte. Desde el punto de vista estético, el pórtico de la Gloria es vegetación petrificada, o granito que asume la vida orgánica de las plantas, como si la piedra estuviese animada por una savia que circula por su interior propulsando su crecimiento hasta formar ese ecosistema exuberante en el que se sustentan sus habitantes. Se diría que, en su transfiguración arbórea, el conjunto pétreo conserva la memoria de la cantera de donde se extrajo el material para su construcción, abandonada en la actualidad e invadida por una espesa foresta. La sensación que produce este ornamento naturalista trae a la mente el «inquietante pathos inherente a la vivificación de lo inorgánico» del que hablaba W. Worringer refiriéndose a la decoración vegetal del gótico nórdico, aunque, en la obra mateana, la dimensión de lo «inquietante» (unheimlich) se acentúa, si cabe, al encontrarnos con formas naturales que no tienden hacia la abstracción, sino que aspiran a transformarse en carne trémula.

A su vez, desde el punto de vista estructural y simbólico, el pórtico se articula mediante la plasmación de una serie de alegorías vegetales de origen bíblico. A lo largo de lo siglos, multitud de visitantes han entrado en contacto con el monumento colocando sus dedos entre las ramas del árbol de Jesé que, situado en el parteluz, conecta la genealogía humana de Jesús, enraizada en el mundo terreno, con su transfiguración divina al final de los tiempos, materializada en el tímpano. Grandes hojas de acanto carnosas sirven de soporte al Cristo en Majestad, las cuales, cediendo bajo el peso de sus pies, se voltean como para encauzar la cascada de destellos de luz y, en ocasiones, los filamentos de agua formados por la condensación y los remanentes pluviales que emanan del trono divino, evocando inolvidables pasajes del Apocalipsis:

«Luego el ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones. Ya no habrá maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad. Sus siervos lo adorarán; lo verán cara a cara, y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios los alumbrará (Ap. 22: 1-5)».

Cuando el visitante se sitúa en el parteluz, y eleva su mirada, el pórtico se abre ante él como una palmera de cuyas ramas cuelgan los frutos que el cristiano encontrará en el Paraíso. Se traslada así a la piedra una de las alegorías más memorables del Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana donde el autor compara la vida de los justos con este árbol:

«Porque la palma por abajo es áspera al tacto y como envuelta en secas cortezas; pero por arriba es hermosa para la vista y por sus frutos; por abajo se angosta con las envolturas de sus cortezas, pero por arriba se extiende con la amplitud de un hermoso verdor […] En aquella altísima eternidad parece que se dilata con hojas de hermoso verdor por la amplitud del premio».

En numerosos manuscritos este pasaje se ilustra con la imagen de un hombre trepando por el áspero tronco de la palmera, que son las tribulaciones de esta vida, para poder alcanzar los frutos celestiales que cuelgan en las zonas altas -frutos que, en el códice de San Andrés de Arroyo, se transfiguran en estrellas flotando sobre un fondo dorado haciendo así explícito el significado de la copa del árbol como imagen del cielo-.

Aunque Virgilio sea el poeta clásico que recibe el honor de ser representado en el pórtico, por la creencia medieval de que había profetizado el advenimiento del Mesías en su cuarta Égloga, es Ovidio quien nos proporciona el lenguaje para articular en palabras la animación proteica de lo inorgánico a la que asistimos en el universo mateano y que ahora, tras la espectacular restauración, se hace más evidente: «Con frecuencia podías parecer piedra, con frecuencia también árbol; a veces, imitando el aspecto de las aguas cristalinas, eras río, a veces fuego, adversario de las ondas».

Pocos monumentos creados en esa «aetas Ovidiana» del siglo XII captan de forma más cautivadora el pathos y la emoción del encuentro con vida que existe en otra esfera temporal y ontológica, con personajes que se materializan en el presente de nuestra contemplación para transportarnos, en un abrir y cerrar de ojos (in ictu oculi), a ese drama de transformaciones cósmicas que ocurrirá al final de los tiempos. Con su coreografía de miradas, las figuras del pórtico irrumpen en el campo de visión del espectador creando la ilusión de que han estado siempre esperando nuestra llegada y que es nuestra presencia el detonante que activa su metamorfosis, extrayéndolas de la longue durée de su existencia mineral y encauzándolas hacia la temporalidad contingente de la vida orgánica. Junto a las miradas, nada expresa de forma más efectiva la activación del conjunto pétreo en el tiempo del espectador que la representación del viento, cuyas corrientes y flujos están cartografiados en los pliegues de los paños de las figuras. El diseño de lo que Aby Warburg llamaba los «accesorios en movimiento» está definido con precisión y brillantez en el conjunto escultórico del pórtico de forma que el espacio construido se integra en su entorno natural al verse afectado por las condiciones atmosféricas del paisaje que lo rodea.

Como escribió Manuel Rivas, «la piedra en Santiago es para ser tocada, es una piedra carnal». A través del mármol del parteluz, las pulsaciones arteriales del visitante, la vida aquí y ahora, se une con la corriente de la savia del árbol místico que culmina en la transubstanciación de Cristo como Dios y Hombre en perspectiva escatológica. A ambos extremos de ese eje se encuentran dos espacios vacíos de enorme densidad simbólica. Por un lado están los huecos destinados a recibir la mano del visitante, y, por otro, está el espacio en el que se unen las miradas de los dos Ancianos del Apocalipsis que afinan el organistrum. Ambos marcan la confluencia entre los dos ejes que estructuran simbólica y físicamente todo el pórtico: el eje horizontal, a través del que se unen los mundos de la Antigua Ley y el Nuevo Testamento, y el vertical que marca la ascensión desde el saeculum al aevum. En el aire donde se unen sus miradas se condensa el mensaje esencial de toda la obra, la consecución de la visión beatífica en la morada eterna del silencio primigenio donde, como escribió San Agustín, «Descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin, mas sin fin. Pues ¿qué otro puede ser nuestro fin sino llegar al reino que no tiene fin?» (La ciudad de Dios 22: 30). Y ahora, tras la magnífica labor de restauración de la que todos debemos sentirnos orgullosos, esta obra sine fine que es el pórtico de la Gloria ya puede ser contemplada otra vez con todos los destellos del arco iris.

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El Pórtico de la Gloria, una mañana perpetua