Abarca mucho, aprieta poco

CULTURA

Cédric Jimenez  opta en «El hombre del corazón de hierro» por dos filmes en uno sin redondear la faena. Sin duda, sirve para hacer memoria, pero no deja impronta

13 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Partía con la desventaja de la reciente Operación Antropoide (Sean Ellis, 2016), pero tenía a su favor la novela HHhH, de Laurent Binet, premio Goncourt 2010, como base para su guion. Aquella se centraba más en los preparativos del atentado contra el jerarca Reinhard Heidrych -especie de gobernador de Checoslovaquia y hombre de confianza de Hitler y Himmler-, en junio de 1942, por parte de los sargentos checos Jozef Gabcik y Jan Kubis, entrenados en Gran Bretaña. Por su parte, El hombre del corazón de hierro fijaba más su atención en el objetivo a batir, incluyendo aspectos vinculados a su pasado de oficial degradado y su posterior matrimonio con una militante nazi que le llevará al partido, además de su despiadado proceder en la Gestapo, instigador intelectual de la llamada Solución Final -léase, exterminio del pueblo judío-, lo que le valdrían el dudoso apodo de el carnicero de Praga.

Aquellos espectadores puestos en historia del siglo XX, sabrán del personaje y de sus desmanes, con lo cual la película luce dos vectores adversos para la taquilla: ser de época e ir dirigida a un target adulto, ambos actualmente refugiados en la televisión. Quizá por eso, su honestidad está fuera de duda y su resolución, impecable en cuanto a arte y recreación. Pero su coguionista y director, Cédric Jimenez (1976), opta por dos filmes en uno sin redondear la faena. Arranca de una manera insólita en cuanto al uso de la cámara -como un chute a lo Malick- para introducirnos en el pasado de Heidrych, en un retrato bastante logrado que nos anticipa el fanático que años después lucirá su impecable uniforme de las SS. La segunda parte transcurre ya en Praga, con su obsesión por brillar ante Berlín y sin temblarle el pulso aniquilador. Pero al tiempo deberá dar cabida a los preparativos del atentado. Las obviedades se encadenan, la emoción racanea e incluso las espeluznantes ejecuciones en masa se mantienen distantes. Sin duda, sirve para hacer memoria, pero no deja impronta. Y aunque Jason Clarke da bien el pego, en nada se parece al personaje original.