Cortázar, un cronopio de cómic

Jesús Marchamalo y Marc Torices relatan en viñetas la vida del escritor argentino, de quien se reedita su primer poemario en una edición ilustrada por Pablo Auladell

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redacción / la voz

La radical originalidad y el descubrimiento de nuevos mundos literarios de la escritura de Julio Cortázar le ganaron incontables lectores, que aún hoy, más de treinta años después de su muerte, mantienen vivos buena parte de sus libros. El escritor argentino, epítome de los cronopios que él mismo halló y consagró en una de sus obras -la fantasía y el escaso apego por las normas y las convenciones-, también abrió con su experimentación caminos que han explorado y hechos suyos autores de todas las lenguas y formatos.

Ejemplo de la fascinación que sigue suscitando el escritor, y también de cómo su vocación de literatura lúdica pero a la vez emocional y profunda, es el acercamiento biográfico que proponen en Cortázar (Nórdica) Jesús Marchamalo y Marc Torices. No se trata de una semblanza al uso, sino un retrato en viñetas del autor y su mundo, una narración que participa de ese espíritu heterodoxo que caracteriza el personal universo cortazariano.

Tras un prólogo en el que una hermosa historia sobre la búsqueda de una pensión en una plaza recoleta contextualiza el papel del azar en la vida de Cortázar, el cómic sigue un orden cronológico para recoger sus principales hitos: su nacimiento en Bruselas en 1914 y unos primeros recuerdos en los que interviene la Gran Guerra; la mudanza a Argentina y la condición de niño raro; escolarización e ilusiones; los primeros libros; el peronismo; el asentamiento en París; los viajes y las relaciones, las amistosas y las sentimentales; hasta su muerte en París en 1984. Pero también indaga en la personalidad del escritor: su gusto por los gatos y su aversión al ajo, las anotaciones con las que salpicaba los libros que leía, sus ideales políticos, que lo acercaron a la Cuba revolucionaria, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista.

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Una exploración

A la hora de ilustrar, Marc Torices contó con toda la libertad del mundo, ya que el guion que le envió Marchamalo -autor, entre otras obras, de Cortázar y los libros- «era literario y no tenía indicaciones gráficas». El dibujante concibió entonces su trabajo como «una exploración para dar con la forma para representar lo mejor posible lo que decía en la página». Un proceso durante el cual leyó abundantemente a Cortázar y reunió un archivo de «fotografías, fragmentos de poemas, imágenes de cada época» que le ayudaron a empapar las viñetas de la atmósfera propia de su tiempo. Así, 1914 y sus conflictos se condensan al modo de una de esas orlas decimonónicas que documentaban los episodios coetáneos, mientras que la página dedicada a la «pelea del siglo», la que enfrentó a los boxeadores Dempsey y Firpo, bebe de la estética expresionista del momento, el año 1923.

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A lo largo de Cortázar hay elementos con una función simbólica, principalmente el tren, mientras que otros acontecimientos quedan subrayados en su trascendencia por la dimensión gráfica: un ejemplo es el decisivo encuentro entre Cortázar y Borges, cuyo rostro queda oculto por los bocadillos del diálogo en viñetas en blanco y negro. Hay veces que el simbolismo y el documento histórico dialogan: Aurora Bernárdez, hija de gallegos que se casó con Cortázar, se presenta subiéndose a un pedestal; una imagen que Torices encontró en la fotografía de un viaje pero que ofrece una clara lectura vital. 

Conocer su poesía

Al mismo tiempo que publica esta biografía, Nórdica también recupera la poesía de Cortázar, en una edición ilustrada por Pablo Auladell, último Premio Nacional de Cómic. Una faceta menos conocida del autor de Rayuela, pero no menor. «La poesía fue la gran pasión de Cortázar. Él era un gran lector de este género literario, pero sus amigos eligieron su prosa. Tuvo tanto reconocimiento cuando se publicaron sus cuentos que todo el mundo se olvidó de que era un creador de poemas desde los doce años», afirmaba Aurora Bernárdez.

Pameos y meopas, publicado en 1971, abre una ventana a esa faceta lírica y retrata al Cortázar poeta con su evolución entre 1944 y 1958. El lector asiste al tránsito de las formas clásicas y los sonetos al verso libre de poemas que pueden tanto necesitar la brevedad de unas líneas como extenderse a lo largo de varias páginas.

También permite apreciar cómo el escritor encontraba sus inspiraciones en el mundo artístico o la cultura grecolatina clásica, una influencia que se hace todavía más patente durante su estancia en Roma. Estas referencias encuentran su reflejo en las ilustraciones de Auladell -la lira, la corona de laurel-, que con sus trazos y colores mates traslada a imágenes esta faceta poética de Cortázar.

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