La Academia lleva años prefiriendo alardear de buen cine a priorizar meterse en la selección final por el Óscar al mejor filme de habla no inglesa. Una opción válida, también coherente. Se trata de demostrar que la salud creativa de nuestro cine es plena. Otra cosa es la taquilla, pero eso aquí no toca y además les da la espalda. Pero La novia y El olivo se hicieron con la crítica local, y también Julieta, aunque menos (no así con la internacional, le fue mejor). Son tres filmes singulares. El manchego permanece fiel a su credo autoral, mientras Ortiz eligió la opción más plástica que narrativa, y Bollaín apostó por una bonita, aunque descorazonadora, reflexión humanista.
Las opciones de pasar la criba, una vez haya candidata a la preselección, se antojan nulas, salvo que sea Almodóvar el elegido, que en Hollywood goza de mucho predicamento y el Óscar tampoco le es ajeno (pero lo tendrá crudo entre nuestros académicos). Las buenas noticias son que dos finalistas son mujeres y que hay nivelazo en el cine español. A fin de cuentas, esa estatuilla solo sirve para asomar a otros países (no todos compran, ojo), y de propina para que la elegida «regrese» a las pantallas propias, cuando no hacerlo casi por vez primera, ya que La novia y El olivo apenas tuvieron exhibición en Galicia.