La melancolía se llevó al artista japonés afincado desde hace 47 años en Muxía

LLegó a la Costa da Morte buscando tranquilidad para inspirarse, se fue «agallegando» y se quedó para siempre


carballo / La Voz

«Pertenezco a la tierra y nada más». Yoshiro Tachibana (Kobe, Japón, 1941) decía en una entrevista que había perdido la patria. Su pensamiento era nipón, pero se estaba agallegando. Solía decir que vino del sol naciente para albergarse en el sol poniente. Era un emigrante espiritual. En realidad lo único que lo ataba era Muxía. Su destino se había unido a este rincón de la Costa da Morte en 1969, a donde llegó con 28 años. Allí, en la ladera sur del mítico monte Corpiño, al abrigo del viento del norte, construyó su casa, donde pintaba hasta que dejó de estar «espiritualmente hambriento».

Llevaba un tiempo pensando intensamente en la muerte. «Ahora siento que está cerca», decía en el 2012. «A mí me puede la melancolía», agregaba. Ayer por la mañana, definitivamente, salió a su encuentro y Muxía pierde a uno de sus símbolos y un personaje entrañable que quedará unido para siempre a la historia cultural de la localidad. Como artista, Nino, que era como lo conocían en el pueblo, estaba convencido de que el clima, el sol y la luz de este rincón atlántico influyeron decididamente en su carácter y en su inspiración como pintor. Concebía el arte como un regreso al instinto. «Si estuviese en Japón, a lo mejor, mi forma de pintar hubiese sido diferente», comentaba. Sabía que, al morir, su obra (700 piezas) hablaría por él, porque es una especie de diario de su existencia.

Nino era hijo de un reconocido artista de su país. En este sentido afirmaba que aprovechó la genética. Recibió formación artista y recorrió medio mundo, desde Hamburgo hasta Sri Lanka, en busca de destinos espirituales y la tranquilidad necesarias para la creación. Paul Klee era uno de sus referentes. Creía que el arte y la religión son muy parecidos: «Ambos son mentira», sostenía. Además proclamaba que la belleza es subjetiva. Sus cuadros se vieron en la Expo Cultural Japón 1984. En este país tenía su mercado, pero también colocó obras en galerías gallegas. No obstante, aseguraba que «el pintor y el religioso se mueren sin conseguir lo que querían»

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