Sí, los sociólogos tienen un extraordinario trabajo de campo en Viveiro estudiando la transformación que experimenta la ciudad de la Semana Santa al Resurrection Fest, del cielo al infierno -es un decir- en dos meses; un cambio drástico, radical. Sin duda -no me negarán- una singularidad. O no tanto, ayer solo media hora antes del esperado concierto de los dioses del metal, los Iron Maiden, con 80.000 fans a pie de mar en Celeiro, en el convento de las religiosas Concepcionistas -en el corazón del casco histórico- se presentaba el himno del centenario de la Adoración Nocturna Española con canto coral. Carga de decibelios que se diluían en el mar frente a voces desnudas, limpias, intentando salir de entre los muros. Ni simbiosis ni extravagancia, singularidad que hace único y más especial a este lugar. Convivencia total; ni ángeles ni demonios. Cuando estos días una espectacular limusina paseaba con dificultad a las estrellas sorteando rotondas y el puente medieval, recordé la sorprendente boda de José da Chata, hijo cincuentón de unos labradores hacendados, con Dulce María Natividad, también en limusina aunque algo más destartalada; ella había salido de entre dos-tres líneas de una de esas novelas del social-realismo y a esas nieblas volvió, dicen, a los pocos días. Ni horterada antes ni ahora vanguardia, o sí. Mejor singularidad, que es más diplomática -perenne- la palabra.