Viveiro, la transformación

Miguel Sande Corral
Miguel Sande OPINIÓN

CULTURA

Sí, los sociólogos tienen un extraordinario trabajo de campo en Viveiro estudiando la transformación que experimenta la ciudad de la Semana Santa al Resurrection Fest, del cielo al infierno -es un decir- en dos meses; un cambio drástico, radical. Sin duda -no me negarán- una singularidad. O no tanto, ayer solo media hora antes del esperado concierto de los dioses del metal, los Iron Maiden, con 80.000 fans a pie de mar en Celeiro, en el convento de las religiosas Concepcionistas -en el corazón del casco histórico- se presentaba el himno del centenario de la Adoración Nocturna Española con canto coral. Carga de decibelios que se diluían en el mar frente a voces desnudas, limpias, intentando salir de entre los muros. Ni simbiosis ni extravagancia, singularidad que hace único y más especial a este lugar. Convivencia total; ni ángeles ni demonios. Cuando estos días una espectacular limusina paseaba con dificultad a las estrellas sorteando rotondas y el puente medieval, recordé la sorprendente boda de José da Chata, hijo cincuentón de unos labradores hacendados, con Dulce María Natividad, también en limusina aunque algo más destartalada; ella había salido de entre dos-tres líneas de una de esas novelas del social-realismo y a esas nieblas volvió, dicen, a los pocos días. Ni horterada antes ni ahora vanguardia, o sí. Mejor singularidad, que es más diplomática -perenne- la palabra.