Anacrónico dramón de época

«Palmeras en la Nieve» es la última película interpretada por Mario Casas y Adriana Ugarte

Efe

Demasiadas panorámicas bonitas de la supuesta Guinea virginal, como de postal de agencia de viajes; excesiva presencia de Don Limpio en la ambientación, vestuario y atrezzo de la época colonial española en los años cincuenta, sin una maldita colilla en el suelo, una deposición animal, una pared desconchada, una puerta gastada o un coche abollado; abusivos e impostados revolcones amorosos en plan spot de perfumes; y, finalmente, casi tres horas de metraje que bien pudieron quedar en dos, si el guion sobre la novela de Luz Gabás (que no conozco, mejor así) no se empeñara en mascarnos las situaciones y llevarnos por la senda del topicazo en un tipo de cine ya rancio para las salas. Palmeras en la nieve es, eso sí, un impecable producto para un prime time de máxima audiencia en la pequeña pantalla. Cierto que se pulieron una pasta en la producción (lástima que el arte sacrifique el realismo y opte por la plástica de álbum de cromos) y cierto también que Casas se esfuerza como actor dramático, aunque (por aquello de la confianza?) quizá necesite distanciarse ya de González Molina, que lo dirigió en sus tres largos anteriores y en varios seriales.

Y ahí está uno de los reparos: el excesivo tono televisivo en planificación, ritmo y dirección de actores. La peripecia de una familia del Pirineo oscense en la colonia guineana y sus avatares de padres a hijos y nietos. Lástima que se haya desaprovechado la ocasión para introducir chicha política en la trama, más allá de cuatro o cinco simplezas. Anotado lo anterior, el público acude en tropel a verla, con lo cual (es evidente) la tibia acogida de la crítica importa un pimiento al espectador. Semejante despliegue de medios habría necesitado de cierta mesura, sin tanta postal, con mayor rigor artístico y recurriendo a la elipsis en lo relativo al fornicio, de un casto anacrónico (ni un gemido, ni un guiño al Kamasutra en ambientes tan tórridos, qué barbaridad). Enhorabuena a quien le haya resultado plato de gusto. Aun así, es otra buena ocasión perdida.

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