Audiard o la inmigración desgarrada

Narrada con nervio y solvencia formal, «Dheepan», que se llevó la Palma de Oro 2015 en Cannes, sugiere una atmósfera enfermiza que vomita violenca


Salir de un infierno para entrar en otro. De la selva de Sri Lanka a la jungla suburbana de París. Jacques Audiard lo tiene todo para acreditarse como una referencia en el cine actual. Aparte de una edad (París, 1952) que le permite mirar el entorno con cierta distancia, estudió literatura y filosofía en La Sorbona y se paseó durante años por el oficio, sobre todo como guionista a partir de los ochenta, hasta iniciarse en la dirección en 1994 con Regarde les hommes tomber. Tras Un profeta (2009) y De óxido y hueso (2012) le llegó el aplauso internacional, incluidos varios premios, el más importante, la Palma de Oro 2015 en Cannes por Dheepan, que abrió la reciente Seminci. De nuevo sobre un guion de Thomas Bidegain (estrenado como director este año con la muy interesante Les cowboys), se acerca a las raíces del drama partiendo de un combatiente en la guerra tamil que, junto a una joven y una niña, a las que no conoce, se hacen pasar por una familia convencional para solicitar asilo político en Francia. El escritor nativo Jesuthasan Antonythasan encarna al protagonista, que finalmente será alojado en un barrio de protección oficial a las afueras de París.

No lo tendrán fácil, ni el personaje central podrá prescindir de la violencia que creía haber dejado atrás. Se reproduce bajo otra apariencia. Mientras tanto, intentarán reconstruir sus vidas sobre una gran mentira y en un contexto desfavorable, pero que les permita soñarse libres. Al tiempo, Audiard no se anda con remilgos para introducirse en el drama de la inmigración y golpear nuestra conciencia. El propio entorno en donde instalan a los recién llegados, que adivinamos conformado por otros inmigrantes, es otro infierno en donde la violencia y el tráfico de drogas imponen sus códigos entre las bandas suburbanas, de manera que se desvanece el paraíso soñado por los recién llegados. Los disparos siguen ahí. Narrada con nervio y solvencia formal, la cámara sugiere una atmósfera enfermiza y desgarrada que vomita su violencia a la pantalla, llevando desasosiego al patio de butacas. Puede que al final, suavizado el calvario exterior, haya un resquicio por el que se cuele la esperanza. O no, quizá solo sea otro espejismo porque la realidad es tozuda, como el desgarro de la inmigración.

No podía ser más oportuna.

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