Héctor Abad Faciolince: «Matar tiene que llegar a ser un tabú y no algo común y corriente»

Xesús Fraga
xesús fraga REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Enrique Rosito | EFE

Su novela «La Oculta» refleja la historia de Colombia a través de una familia

05 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Si en El olvido que seremos Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) narraba la relación con su padre, un médico asesinado por paramilitares en 1987, su última novela, La Oculta (Alfaguara), se vale de la historia de una familia para reflejar la historia colombiana, desde la independencia a los años recientes de extorsión, violencia y muertes. Tres hermanos, Antonio, Pilar y Eva, relatan en primera persona su propia peripecia vital y la de la finca familiar que da título al libro.

-Resulta inevitable acordarse de la célebre frase de Tolstói, aquella de que todas las familias felices se parecen pero las infelices lo son a su manera...

-Esa maravilla del comienzo de Anna Karenina. Las familias felices casi no tienen historia. Y si uno le desea algo a un hijo es no tener mucha historia. Lo contrario a la maldición china: que tengas una vida interesante, que es lo peor que le puede pasar a uno. Esta familia Ángel, sin tener una vida espantosa o trágica, sí tiene una vida compleja, aunque plena. Y lo fundamental y lo que yo quería tratar es el apego a un sitio, una tierra, un paisaje, una finca, algo que aglutina a la familia. Pero cuando se muere la generación anterior, tienen ahí esa casa y la perspectiva de los hermanos -ninguno es campesino- hacia ella es muy distinta. Por un lado la del apego y la defensa, la de Pilar. La de Eva es la del rechazo, la que siente amor por el sitio, por lo que en él vivió de bueno, pero también el odio por lo que vivió de horrible. Y el otro, que vive fuera, que tiene una perspectiva más nostálgica, de querer reconstruir su pasado para no perder su identidad, ahora que vive lejos, en otra lengua.

-Los lectores gallegos entenderán muy bien ese apego a la tierra, por la que sienten fidelidad.

-Pues algo debe de haber de gallego en nosotros, los antioqueños. A nosotros lo que nos falta es el mar, pero es un sitio muy lluvioso. La tierra no es grande, no es zona de latifundios. También los pobres de Antioquia, que se tuvieron que ir por la violencia a las ciudades, conservan allá en las montañas un pedacito que sueñan con conservar. Probablemente ya se convirtieron en citadinos, son desplazados dentro del mismo país. Todos tienen la añoranza de volver a su pedacito de tierra, de volver a un lugar donde caerse muertos, de tener algo y que lo entierren a uno donde nació. Creo que hay pueblos que lo entienden con más dificultad, tendrán una urbanización de más siglos. Los pazos de Ulloa es una novela gallega, ¿no? La leí hace muchos años y yo ahí me sentía muy cómodo, de lo más familiar del mundo.

-Como novela, «La Oculta» cruza historia colectiva y las emociones individuales. Frente a los relatos de la historia o el periodismo, ¿ese es el papel de la literatura?

-Lo que pasa es que las familias, quieran o no, cuando están sumergidas en una sociedad, todo lo que ocurre les llega de alguna manera. Las guerras civiles, que les llevaron a los hijos -o estos se escondían-, secuestros o extorsiones de la guerrilla y los paramilitares, las ambiciones de los narcos que quieren la tierra para cultivar amapolas o coca. Aunque no quieras hacer historia del país, cada familia está irremediablemente permeada por lo que va pasando. No es que yo quiera que la tierra de La oculta sea una imagen de Colombia, sino que Colombia se refleja ahí de un modo más o menos claro, oscuro, igual que en las aguas del lago se reflejan las nubes, las peñas.

-Aunque por distintas causas, Galicia y Colombia comparten ese éxodo que ha despoblado aldeas y pueblos. Su libro se pregunta qué va a ocurrir con esa tierra.

-Cuando mi padre nació en Jericó en 1921 el pueblo tenía mucha más gente que ahora. Era un pueblo más importante, había teatro, tenía músicos y una sociedad de mejoras públicas, tenía cierta dignidad. Con el desplazamiento a las ciudades, hubo una decadencia en los servicios y, sobre todo, con la violencia mucha gente se fue. El trabajo en el campo es muy duro y es difícil que ellos quieran volver a cultivar esa tierra. Los campesinos, que tenían una tierra mucho más pequeña, lo perdieron casi todo. Lo único que les queda es como un recuerdo de haber tenido algo por un instante, pero es muy difícil que los jóvenes vuelvan a esa tierra, que, si se firma la paz en Colombia, va a quedar sin gerencia. Qué vamos a hacer con esa tierra es lo que plantea la novela desde diversas perspectivas que podrían ser horrendas, como que llegue la gran minería y que acabe con toda la belleza. O que lleguen las industrias agrícolas al estilo de inmensas marraneras, con decenas de miles de cerdos que todo lo contaminan. O los especuladores inmobiliarias y parcelan la tierra y la convierten en pequeñas casas de recreo para señoritos de la ciudad. Todas esas perspectivas son horribles. Afortunadamente, eso no ha ocurrido todavía en la región real de La Oculta. En la región ficticia, el final de la novela es más o menos pesimista, y si lo hago así es para prevenir a los lectores, para a ver si ellos no quieren que pase y que tenemos que tratar de resistir.

-¿Y con la paz? ¿Es optimista?

-Yo soy optimista. Creo que lo que disminuya la violencia, lo que saque a la gente de la costumbre y el negocio de matar y de matarnos y de la muerte, y a pesar de cierta injusticia en no poner a pagar penas de cárcel muy largas a los victimarios, yo creo que esa algo preferible. Hay que parar la violencia un tiempo largo para que la gente no vea en ella, en la lucha armada, en los enfrentamientos un camino posible. Matar tiene que llegar a ser un tabú y no algo común y corriente de resolver los problemas de políticos o sociales.

«Álvaro Cunqueiro, así sean cosas breves, nos dejó maravillas»

Héctor Abad no esconde que la escritura de La Oculta fue un proceso largo y no exento de complicaciones. «Sí, fue muy difícil, pero no sé qué pasó, que escribía y no me gustaba lo que escribía», admite. «Deseché una novela terminada que no publiqué y no voy a publicar, que se llamaba Antepasados futuros. Cuando estuve en la bienal Vargas Llosa en Lima les dije a mis colegas en público que yo me sentía como un cura ateo en un concilio de obispos. No es que no creyese en la literatura, es que no creía en mi literatura y por eso no tenía mucho sentido que me invitaran a esos sínodos, pero que yo los quería y me regañaron con mucho cariño. Estuve con Vargas Llosa y le pregunté que como era eso de que no conocía el bloqueo, que a mí no me gustaba lo que salía de mi cabeza. Él me dijo que uno se sienta disciplinadamente todos los días, corrige, tacha, cambia, insiste y mejora lo que no le gusta hasta que le guste. Yo no le presté mucha atención pero me fui para Alemania, donde tenía una especie de beca e hice otro libro más que se titulaba Memorias de un amante impotente, que hablaba un poco de la impotencia física, pero también de la literaria. Lo escribía en un cuaderno, y estaba animado, pero ese cuaderno se me perdió. Y por la desesperación de haber perdido ese cuaderno dije, ?tengo que volver a algo, tengo que aprovechar esta beca para algo?. Me sentía incapaz de reconstruir lo que llevaba de las Memorias y entonces retomé La Oculta y seguí el consejo de Vargas Llosa de corregir y mejorar hasta que me gustara. Entonces le agradezco a él y a Cercas, y a Rosa Montero, que me ofreció que escribiésemos un libro entre los dos, para ayudarme a salir de ese bloqueo. Ahí están ellos por eso y los demás porque me siguieron el hilo y me animaron. Por eso hay tanta gente en los agradecimientos finales», relata el escritor.

-Esos libros suyos que menciona parecen aquellos que Cunqueiro citaba en las entrevistas como acabados pero que nunca llegaron a publicarse o quizá a escribirse...

-Sí, a uno se le va yendo la vida entre artículos y crónicas periodísticas y sin darse cuenta esa es la obra. Rulfo también: se pasó el resto de su vida diciendo que estaba escribiendo una novela que se llamaba La cordillera, y luego nadie la encontró. Pero Cunqueiro, así sean cosas breves, nos dejó maravillas; lástima que no existiera lo otro, pero fue tan maravilloso.