Cervantes murió poco después que don Quijote, y parece que como él, una vez ajustadas las cuentas con Avellaneda, en paz. De la vida aciaga le quedaban un solo brazo y seis dientes, que ya es mucho decir. Ahora, en la iglesia de las Trinitarias, donde se sabe que reposan sus restos, han decidido encontrarlo contra su voluntad. A los lectores del complutense -por no decir alcalino- nos hubiera gustado que los arqueólogos buscaran un capítulo perdido del Quijote. Aquel en el que tumba de un lanzazo a Sansón Carrasco en la playa de Barcelona y continúa sus andanzas sin despeinarse. Pero no. Lo que parece que los investigadores han encontrado es el brazo que le falta. Decir a estas alturas que no hay pruebas concluyentes -que no hay pruebas de ADN- pero que algunos huesos pudieran ser de Cervantes es de risa. Y por lo tanto quijotesco. A mí me parece mucho más literario, qué quieren que les diga, que su tumba sea un revoltijo de huesos de una docena de esqueletos, como una orgía macabra. Que España diga al mundo lo que siempre ha dicho, «esto es lo que nos importan nuestros escritores: un pepino». Cervantes murió en la indigencia, a pesar de sus padrinos, el de Béjar y el de Lemos. El Quijote salió de España cuando salió de imprenta, y regresó dos siglos después. Ahora vive agazapado en el rincón del vago para evitar que nuestros escolares lo lean. Y si tenemos tumba podremos visitarla rodeados de japoneses al salir de la Thyssen. A ver si así nos dejan en paz con lo de la lectura y nos podemos ir a tomar una caña y unas patatas bravas. Que eso sí que es lo bueno de Madrid.