venecia / e. la voz

El asesinato de Kennedy, ese muerto colectivo que, de vez en cuando, saca del armario el cine norteamericano, es el epicentro de Parkland, achatado acercamiento a las horas posteriores al magnicidio, que dirige el debutante Peter Landesman y protagoniza Tom Welling. Después de la megalómana, históricamente discutible, pero artísticamente apabullante JFK que dirigió Oliver Stone en 1992, si uno se acerca al caso Kennedy, es mejor que tenga algo relevante entre manos, y si no, que se calle. Porque lo que sucede con Parkland es que, aunque su atención se desplace a figuras hasta ahora no abordadas (los médicos del hospital, la madre de Lee Oswald...), lo hace con vuelo tan bajo, con una superficialidad tan irritante, que todo huele a producto diseñado para sacar provecho de los 50 años de la ejecución de Estado. Que todo lo que se tenga que apuntar Parkland sobre la intervención de las propias agencias estatales -CIA, Pentágono, FBI- se centre en la jeta de sospechoso de Billy Bob Thornton, es indicio de la puerilidad de este filme.

Miss Violence, de Alexandros Avranas, es otra sorprendente hija ilegítima del filme griego Canino, cuyo éxito en festivales ha provocado que el cine de familias incestuosas se haya convertido ya en Grecia en un subgénero troncal. Sí conviene reseñar que, a cada paso, el resultado es más gratuitamente morboso y los calcos devienen ya plagios de gusto pésimo.

Concursó ayer también Hayao Miyazaki, autor de Totoro, Mononoke, Chihiro y toda la tropa. Parece un dogma considerar al autor japonés como el gran maestro vivo de la animación. A mí su cine -y The Wind Rises no es excepción- me provoca sopor infinito, algo que seguramente es fruto de alguna parcela insensible de mi cerebro.

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«Parkland», otra vuelta de tuerca de JFK