Rock en Berlín

Un cuarto de siglo después de la caída del Muro y la recomposición de la contracultura surgida en el barrio de Kreuzberg, la escena berlinesa defiende su espacio en la era de la globalización


Imagina una isla rodeada en vez de por agua por un país hermano que la mira con recelo, por un sistema económico completamente opuesto, por una superpotencia con la que mantiene una guerra fría en la que los efectivos se miden por cabezas nucleares. Eso fue Berlín del Oeste hasta finales de los 80. Después de la Segunda Guerra Mundial la ciudad había quedado devastada y nadie quería vivir allí. Las autoridades de Alemania Occidental, para intentar levantar su población, eximieron del servicio militar a los jóvenes que decidieran instalarse en su parte de la antigua capital. Por otro lado, los lugares pobres tienen la ventaja de resultar baratos. Artistas, aventureros y curiosos que buscaban un estilo de vida alejado de los parámetros normales de la sociedad se desplazaron a aquella ciudad del norte, fría y muy oscura en invierno, mucho más dura de lo que puede parecer hoy. Con este caldo de cultivo, no es extraño que Berlín diera a luz una de las escenas punk-rock más intensas y auténticas de Europa.

A finales de los 70 David Bowie vino aquí intentando deshacerse de las drogas y con él llegó su amigo Iggy Pop. Nick Cave también se dejó caer por la ciudad en los 80 y la escena local tampoco era desdeñable: Nina Hagen, Nico -antes de unirse a la Velvet Underground-, el movimiento krautrock... Pero ya han pasado muchos años de todo eso. ¿Qué queda hoy de toda aquella escena pionera y contestataria?

Lea es la dueña de uno de los locales con más solera de la ciudad, el Wild at Heart. «Hoy a la gente le gusta el rock, el pop, el folk, el ska, el country? Es una generación con la mente abierta», explica. «Por otro lado, ahora todo el mundo lo ha visto todo en la Red y va a los conciertos más para encontrarse con otra gente que por la música». Lo que ella echa de menos es el hambre de grupos que había en los 80 y la sensación de que las nuevas ideas llegaban entonces a través de las guitarras, sobre todo en el barrio de Kreutzberg.

«Aquí todo empezó con el movimiento okupa, en los 60 y 70, y la escena antifascista. Había un estilo de vida anárquico y el punk-rock era solo una parte más de esa realidad intensa. Aquí solo estaban los aliados y los turcos y, cuando cayó el Muro, en 1989, todo el mundo se fue al Este y entonces empezó el clubbing, el techno? Por eso, durante los 90 la escena rock cayó», continúa. Ahora Kreutzberg es una de las zonas más cool de la ciudad, pero «hasta hace nueve años todos querían irse al Este a hacerse ricos y famosos, así que pensamos: vamos a hacer algo aquí para nosotros».

De la vieja escuela roquera anterior a la caída del Muro todavía quedan, sin embargo, algunas muestras que se han convertido en auténticos hitos de la ciudad. El SO 36 es, posiblemente, el más emblemático de todos. Nacido de la escena okupa y consagrado tras un concierto de los Dead Kennedys a principios de los 80, por aquí han pasado las bandas más cañeras del planeta. El Franken Bar es su vecino de calle y otro de los nombres recurrentes de la ciudad desde antes de la reunificación alemana, al igual que el Milchbar, un garito pequeño e irreductible que sigue reuniendo a lo mejor del barrio, no solo al calor de la música, sino, a veces, también al de un partido de fútbol decisivo.

El Cortina Bob y el Lido son otras dos salas de conciertos de Kreutzberg cuya programación no hay que dejar de consultar. Mientras la primera se mantiene fiel al aspecto más áspero del rock, la segunda ha absorbido todo tipo de nuevas tendencias y organiza noches de música balcánica, encuentros poéticos, conciertos de pop? Ya solo por tomarse una cerveza en ese viejo cine transformado en sala-discoteca merece la pena pasarse por el Lido.

«Durante bastante tiempo después de la caída del Muro, Berlín fue una ciudad donde resultaba fácil vivir», explica Marita Fabiunke, responsable de prensa de la promotora de conciertos Trinity Music. Con la palabra «fácil» hace referencia a unos niveles de precios que permitían residir en la ciudad con poco dinero y que atrajeron a todo tipo de creadores y mentes inquietas. Sin embargo, en los últimos años la afluencia de extranjeros y el haberse convertido en una ciudad de moda han hecho que Berlín haya perdido parte de sus señas de identidad. Los alquileres suben, el hambre especulativa despierta y muchos locales se ven abocados al cierre. Es una fórmula que ya se implantó, mucho más salvajemente, años atrás en Nueva York y de la que la capital alemana no está a salvo.

«Supongo que la escena punk-rock está siempre cambiando, pero en todo caso aquí aún queda una parte auténtica importante», opina Fabiunke. «Quizás también hay un rollo fashion punk-rock que viene alimentado por la industria de la moda, pero eso realmente no tiene mucho que ver con el punk».

Alberto Camarasa no está del todo de acuerdo. «La escena punk-rock en Berlín no es tan fuerte», dice este valenciano que desde el 2010 lleva el Wowsville, un bar y tienda de discos que pincha garage y punk de todas las épocas. Camarasa recuerda las dificultades de la ciudad para ofrecer una buena agenda de conciertos: «Berlín está alejado. Venir a girar, antes y ahora, cuesta. Muchas bandas solo iban a Hamburgo porque de allí puedes irte para Dinamarca, Suecia? y después para Holanda. Muchas bandas no vienen a Berlín».

Otra tienda de discos que no tiene desperdicio es la Yorck Records. Günther la regenta desde 1977 y, después de tanto tiempo, su personalidad y su cordialidad brotan de entre las pilas interminables de vinilos, cedés y pósteres de grupos. Hace unos años, Quentin Tarantino pasó por su negocio buscando material, pero él no lo reconoció y el cineasta terminó yéndose sin comprar nada. «Ahora este es un negocio muy duro», explica Günther. «Con la llegada del euro los precios se han duplicado y se vende mucho menos. Aparte está todo el tema de Internet, pero con eso no tengo problema porque los coleccionistas no se descargan la música».

Sin duda, Berlín esconde muchos otros rincones relacionados con el mundo del rock. El Trinkteufel , el Bassy Club, el KvU, el Clash, el Bull Bar, el Astra, el White Trash o Core Tex son solo algunos nombres que resuenan actualmente en la ciudad.

Ni Kreutzberg es ya un callejón sin salida donde fermentan las capas más contestatarias de la ciudad ni Berlín es ahora tanto una isla para los espíritus más radicales, aunque su carácter sigue siendo muy diferente al del resto del país. A pesar de todo ello, la escena roquera aquí continúa su marcha en un mundo mucho más abierto, amplio e interconectado. Sea mayor o menor que en otros tiempos, cuasi extinguida, resucitada, corrompida por el mainstream y los intereses económicos, amenazada por las tendencias especulativas, arrinconada por el auge de la electrónica, fortificada y recluida en pequeños guetos de incorruptibles o mezclada con las nuevas generaciones e influencias de Internet, lo cierto es que esta escena tiene todavía cosas que decir y que ofrecer en Berlín. Porque, como suele decirse, el que tuvo retuvo.

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