Arco, la feria de nunca acabar

La edición del 2013 cierra con una cierta sensación agridulce en la que la debacle esperada no se ha producido en absoluto


La Voz

Arco es un delicioso y pertinaz déjà vu. Deambulando aturdido por las callejuelas del zoco mas glamuroso, uno juraría que esa cabeza de Jaume Plensa estaba ahí mismo el año pasado. Arco no es un mercado obsesionado por el producto fresco. Sobre todo porque este año, más que nunca, tocaba vender. Por eso se produjo un considerable acarrexo de coleccionistas extranjeros, como ancianos trasegados por un cacique en las municipales del terruño. Como me dijo un galerista, el primer día de la feria solo se habló en inglés. Para contrarrestar este sabor conocido y familiar se habilita Opening, sección para galerías internacionales y jóvenes, brillantemente comisariada por el coruñés Manuel Segade. Un poco de maquillaje.

Arco también es un divertido déjà vu. Por la noche la muchachada va al bar Belén o al Toni; sus mayores van al Cock o a una fiesta privada: si hay flamenco, miel sobre hojuelas. Solo se habla de arte. Y de dinero. Casi más de dinero. Y este año, de rebajas.

La comunidad artística siempre se queja de que la prensa pone el foco en lo anecdótico, en esa provocación revenida que busca la enorme fuente de un titular. No nos engañemos, ese retorno mediático forma parte de la pieza y la completa. Artistas y galeristas conocen ese infalible determinismo y algunos lo utilizan. Son cómplices. Este año el relevo a Eugenio Merino, el fallero contestatario, lo ha cogido la ratonera de Juan Muñoz y la mexicana Teresa Margolles con su «Ya basta hijos de puta» grabado en la pared del estand Mor-Charpentier. Todo el mundo celebró su oportuno contenido social, uno de los escasos rastros que revelan que fuera de Ifema la gente no trabaja. Pero en realidad se trata de un narcomensaje entre bandas rivales en el norte de México. Lo bueno del arte es que es polisémico.

Pero no solo hay souvenirs y cromos repetidos. Aunque Juan Uslé, Imi Knoebel y Secundino Hernández protagonicen la ya tradicional yincana en la que el ganador es el que coloca más piezas en más galerías, para una especie de juego de la oca en la que puedes recorrer la feria de Knoebel en Knoebel. También hay bocanadas de aire fresco.

Arco no es un mercado obsesionado por el producto fresco

Los cuadros de Teo Soriano, artista destacado de la gallega Trinta, aún no han secado. Teo lleva en sus suelas restos del estudio. Esa sensación de constante búsqueda es propia de los artistas que no tienen miedo a huir de su propia marca, de aquello que alguna vez les resultó efectivo y rentable. Se separan de la cadena de producción. En este sentido, la feria es conservadora. Algunos galeristas colocan en sus paredes valores seguros y en las trastiendas las obras recientes, calentitas. Entonces cogen de la mano al coleccionista y le hacen entrar en las entrañas del estand para que el cliente se sienta especial. Y para cobrarse la pieza. Es como ver un documental del reino animal.

Nadie sabe si la escultura de Bernardí Roig se la cargó Norman Foster o un guardia jurado que aspira a ser Mr. Bean; nadie sabe si finalmente Helga de Alvear compró Las gafas de Alcolea a Guillermo de Osma por 180.000 euros. Arco es una feria, pero también una plaza. Y un ecosistema. Artistas persiguiendo a críticos; críticos persiguiendo a directores de museo; directores de museo huyendo de galeristas. Otra vez el documental.

Con la Colección Phelps de Cisneros latiendo en el Reina, el aroma geométrico es notable. Hay maravillas como Geraldo Barros en Luciana Brito, Decrauzat reinterpretando a Daniel Buren en Parra & Romero, FOD en la murciana T20 o José Loureiro en Distrito 4. Pero las disciplinas se entrecruzan porque las piezas más interesantes del camino construido son las banderas dobladas de Ana Roldán, las obras de Radiólopez en la gallega Bacelos y los dibujos y fotografías de Ignacio Uriarte en Nogueras Blanchard. Es curioso que el trabajo geométrico más interesante sea de artistas más cercanos al conceptual.

Muchos dirán que la supremacía de la pintura es un síntoma de algo cansado y acomodaticio. Que lo piensen mientras nosotros disfrutamos. La figuración y el dibujo gozan de buena salud. La galería belga Tin van Laere nos lo demuestra con Rinus van de Velde. También lo hace Nacho Martín Silva en la santanderina Nuble. Pero es Alain Urrutia, con su busto de Cicerón decapitado, el que vuelve a deslumbrar con una pieza siniestra, evocadora e historicista. Dramatismo en blanco y negro.

Celebrado fue el debut de Jorge Perianes en Max Estrella. Cada vez que pasabas por el estand, sus piezas cambiaban. Buena señal. Apropiacionismo, ironía y frontalidad nos esperan en dos elegantes fotografías de Suso Fandiño en la viguesa Ad Hoc. La presencia gallega crece con el embriagador lirismo de Din Matamoro y el siempre comprometido trabajo de Carme Nogueira. Leiro domina en el estand de Malborough, este año menos batiburrillo de lo acostumbrado. Los pasillos de la feria estaban tan poblados como siempre a pesar del disuasorio precio de la entrada, 40 euros. Fuera del recinto, alumnos de Bellas Artes abordaban a los que salían, mendigando pases. Los estudiantes de Arte no deberían pagar, pero, claro, no llegan cargados de divisas. Mientras tanto, Eugenio Ampudia, en un vídeo proyectado en bucle, imposta una siesta en el Prado bajo los fusilamientos de Goya. Alegórico.

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