La sabiduría de Leonard Cohen

El músico canadiense acaba de editar «Old Ideas», un disco con el que se reivindica el rock crepuscular como algo totalmente vigente


A CORUÑA / LA VOZ

Parte de los aficionados han claudicado hace años. Dicen que al cítrico del rock no le queda ya más jugo. El día en el que Oasis fue número uno calcando épocas pretéritas se colocó la lápida. En ella se podía leer: adiós a la novedad. Los desencantados miraron entonces a la electrónica para buscar salidas. Luego, al rap y, últimamente, a lugares tan exóticos como la música africana, el funk carioca o el folclore asiático. Todo para dar con el estímulo de lo inédito, el calambre del aire fresco que mantiene la rueda girando dentro de esa dimensión artística y evolutiva que se instauró desde los sesenta.

Este dogma, en muchas ocasiones, prescinde de una segunda lectura. Primero, no siempre es necesario mirar hacia el futuro. Nada malo hay en rebozarse sobre lo ya aprendido. Segundo, lo nuevo en un discurso musical muchas veces se halla dentro, a nivel expresivo, no solo en el plano formal. Si a todo ello le sumamos esa sacralización de la juventud típica del pop, se establece el cuadro completo para que un álbum como el nuevo de Leonard Cohen termine apartado en una retahíla de «nada nuevo» y «más de lo mismo». Y si se titula Old Ideas, ni pintado. ¿Habrá sitio en este mundo para sus versos sobre la vida, la muerte y el amor?

Antes de dar una contestación cabe hacer una reflexión. El rock, esa música que en sus primeros balbuceos hizo inmortales gloriosas estupideces como «Auanbalubabalanbambú», ha llegado hace unos años a su crepúsculo. Y lo hace por primera vez, mostrando un enfoque harto diferente. Lejos quedan aquí la autoafirmación, la frustración urbana, las erupciones sexuales o el romanticismo acaramelado. En esa fase última y generalmente serena, se mira a la muerte, se ajustan cuentas con el pasado y se abre el corazón de un modo tan transparente que, a veces, da congoja.

Hay casos verdaderamente escalofriantes. Véase a Johnny Cash, fallecido en la década pasada tras dejar un final musical memorable. O Bob Dylan, que lleva desde los noventa enlazando grandes discos, algunos como Modern Times, verdaderas obras maestras. Todo ello sin dejar de mentar a Neil Young, Tom Waits, Kris Kristofferson, Nick Lowe, Paul Weller o Tom Petty, cuyas canas desprenden unas inquietudes muy diferentes a las de The Strokes, Arcade Fire o Vampire Weekend.

En esa estación invernal del rock se asienta ahora Leonard Cohen. Su cancionero trata cosas que, en boca de un joven, resultarían sonrojantes. En su vozarrón imperturbable suenan a poesía eterna. Por ejemplo, en The Darkness se confiesa: «No tengo futuro / Sé que mis días están contados / Pensé que me quedaría el pasado / Pero la oscuridad también se adueñó de él». Por su parte, Crazy To Love You traza un pragmático retrato del amor y la monogamia: «Estoy cansado del deseo caprichoso / He sido salvado por una fatiga bendita / Las puertas del compromiso están sin alambrada / Y nadie trata de salir». Y en Going Home habla de sí mismo en tercera persona, describiendo por qué sigue sacando discos: «Él quiere escribir una canción de amor / Un himno de perdón / Un manual para convivir con la derrota / Un grito por encima del sufrimiento».

Visto lo visto, pocas dudas quedan respecto a la pregunta anterior. El Cohen del 2012 pide sitio. Y bien grande.

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