Con Blake Edwards se va el último gran director norteamericano que después de haber trabajado en la rutilante era de los grandes estudios aún tuvo la oportunidad de reciclarse y protagonizar nuevos éxitos. Sin abandonar la fidelidad a las formas y esencias más puras de la comedia clásica, de Chaplin a Keaton, de Harold Lloyd a Laurel y Hardy, supo adaptar su personal estilo a una nueva época del cine preocupada por reflejar los problemas del hombre contemporáneo. El inspector Clouseau, una de sus mayores creaciones para su gran amigo Peter Sellers, podía hacer reír con sus bufonescas meteduras de pata que daban lugar a divertidos gags inspirados en los tiempos dorados del slapstick, pero a la vez resultaba la perfecta encarnación del nuevo hombre surgido a partir de la Segunda Guerra Mundial; un tipo sexualmente desconcertado, que veía cómo su figura perdía el poder que él mismo se había dado a lo largo de la historia ante los inevitables cambios sociales. 10 , una de sus mejores obras más allá de la sísmica revelación de Bo Derek, ofrece una auténtica reflexión sobre la menopausia masculina y la crisis de la mediana edad, dos de los temas favoritos de este autor contradictorio. Por debajo de esa superficie aparentemente despreocupada y algo frívola, las comedias de Edwards contienen entre las burbujas del mejor champán sutiles cargas de profundidad contra los excesos del poder y del dinero, una crítica mordaz y eternamente válida al vacío estilo de vida de los ricos y famosos.