El nieto de Jerónimo Merlinho

Héctor J. Porto REDACCIÓN/LA VOZ.

CULTURA

Comunista confeso, hasta el final de sus días la fuerza del compromiso convirtió a Saramago en uno de los vigilantes más radicales de los excesos de la globalización

19 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

«Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte». Esta magnífica advertencia extraída de una entrevista a José Saramago publicada en el periódico luso Expresso en octubre del 2008 podría resumir bastante bien el papel que como intelectual el nobel portugués trataba de jugar ya iniciado el siglo XXI. Saramago se había erigido en los últimos veinte años en una especie de conciencia crítica de la sociedad cibernética, del mundo globalizado.

Su actitud vigilante y comprometida lo convertía en un hombre incómodo, y allí se plantaba en persona donde creía que se debatía una causa humana justa que defender. Su comunismo recalcitrante y su posición beligerante frente a la Iglesia y la religión tampoco le granjearon simpatías fáciles, en una posición que a veces se vio obligado a explicar: «Yo no soy intolerante, soy radical», le espetó al sacerdote y teólogo católico José Tolentino de Mendonça en una charla que mantuvieron con motivo de la edición de su última y polémica novela, Caín.

«Tengo 86 años y poca vida por vivir, pero la usaré para ensanchar la acción pública de mi obra», dijo el pasado noviembre en Madrid, lo que no significaba que buscase congraciarse o dulcificar sus tesis: «Yo no escribo para agradar, tampoco para desagradar; yo escribo para desasosegar». Con la palabra, el autor de La balsa de piedra siempre trató de mover corazones y conciencias endurecidos por el exceso de información, las intoxicaciones, la manipulación y trivialización de la realidad cruda que se oficia todos los días en los medios, en Internet, en las televisiones, en la saturación de imágenes superpuestas que adocenan al espectador en su casa. Contra esa aceptación amodorrada de la democracia y la libertad que nos venden cotidianamente, y que manejan las grandes corporaciones multinacionales, se levantaba todas las mañanas con el convencimiento de que había que luchar desde las izquierdas por un mundo mejor, por el respeto a los derechos humanos, desasistidos en tantos lugares de la Tierra.

Austera receta

Contra el aborregamiento, reflexión reposada. Esta era su austera receta. Filosofía llana extraída de la vida de pobreza del campesino del Ribatejo. Una medicina de lo indispensable que mamó en la aldea de Azinhaga, donde nació allá por el 16 de noviembre de 1922, y que se llevó siendo apenas un bebé en el éxodo lisboeta familiar. «El hombre más sabio que conocí en mi vida no sabía leer ni escribir», confesó en Estocolmo al recoger el Nobel en 1998. Hablaba de su abuelo materno, Jerónimo Merlinho, esposo de Josefa Caixinha, aquel que se despidió de la vida abrazando cada uno de los árboles de la huerta, aquel que criaba cerdos y se llevaba al lechón más débil a su cama en las noches más frías del invierno para que sobreviviese a las heladas, aquel que había enseñado a su nieto a contar historias durmiendo en el verano bajo la higuera. Saramago nunca olvidó sus orígenes y siempre ha apelado a una necesaria vuelta a un acompasamiento de los ritmos de vida actuales a los de la naturaleza, con lo que eso tiene de reivindicación del sosiego, la palabra, el pensamiento, la conversación, la tolerancia, el entendimiento, la reflexión. Su segunda patria lanzaroteña no era sino un regreso a ese paraíso que debe perseguir todo intelectual en busca de la calma que le traiga los mimbres de la verdad revelada.

Con los fundamentos del comunismo -en 1969 se adhirió al partido- en la retina, Saramago no tuvo sin embargo una existencia relajada. Ya desde que abandonó sus estudios en el liceo a los 12 años para recibir una formación como cerrajero, oficio que ejerció durante dos años, su vida no fue fácil, tuvo que pelear cada metro ganado. Nunca rehuyó el enfrentamiento dialéctico e intelectual, y su compromiso lo llevó a participar en la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que derrocó a la dictadura de Salazar.

La dura reacción a su novela sobre Jesucristo en Portugal provocó su autoexilio canario en 1992. Saramago -«comunista libertario» confeso- tuvo que cargar con continuas críticas por su condescendencia con Castro, Chávez y otros dudosos demócratas, aunque en ciertos momentos haya mostrado su reprobación por algunos desmanes.

«Hasta ahora había una silla vacía a la derecha de Cervantes, que acaba de ser ocupada por Gonzalo Torrente Ballester», escribió tras haber leído La saga/fuga de J.B. Saramago, al que el ferrolano -también de conversación reposada- ya le habrá hecho sitio en la mesa camilla, con el permiso de Torga, claro.

«Yo no quiero palabrear las emociones», dijo ayer su gran amigo Eduardo Galeano, otro impenitente comprometido. «Simplemente digo que en este mundo hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos. Y de eso se trata. Él se fue, pero se quedó».