La pluma de Castilla se secó

CULTURA

Escritor de oído, periodista, cazador y padre de familia ?numerosa, Miguel Delibes hilaba un castellano de pura filigrana

13 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La pluma de Castilla, y una fuente del castellano, se secó. Miguel Delibes Setién nació libra, un 17 de octubre de 1920. Y murió piscis, ayer, a los 89 años cuando a primera hora de la mañana pasó la hoja roja del tabaco de liar que fumó tantos años. Hizo su camino como autor a bolígrafo. Escribía en las hojas de papel reciclado del periódico en el que trabajaba, El Norte de Castilla , del que llegó a ser director.

Delibes fue escritor y periodista. Aunque empezó como empleado de banca, después de licenciarse en Derecho e Intendencia Mercantil. Pocos saben que era un excelente caricaturista. Genial su Groucho Marx. Ese fue su primer trabajo en la redacción. También dio clases y llegó a ser catedrático de Derecho Mercantil. Tuvo una vida tan plena como su obra. Hombre de un solo paisaje y de una sola mujer, se le podía calificar a la antigua como un hombre entero, de pocas pero profundas convicciones.

Sin Nobel

Angelines de Castro, su mujer, fue su equilibrio y con ella tuvo siete hijos. Tras su temprana muerte se hundió en una profunda depresión de la que solo emergió para escribir y, al final, para luchar contra el cáncer. Tal vez su libro más hermoso sea Señora de rojo sobre fondo gris, una novela corta que, de principio a fin, es un homenaje a la mujer, su mujer, que sostiene de pie a todo soñador.

Se pasó la vida en Valladolid. Así decía este amante de la naturaleza y cazador que «soy como un árbol que crece donde lo plantan». Y es que Delibes tenía la habilidad de escribir las palabras justas, sin perderse en metáforas ni lugares extraños. Siempre decía que en toda su obra confluyen cuatro elementos: «La naturaleza, la muerte, el mundo de la infancia y el interés o el sentimiento por el prójimo». Y es inevitable añadir el quinto elemento de la forma: esa maestría en el manejo del lenguaje. El castellano de Delibes es un espejo. Con él se morirán también muchas palabras que están ahí en el rico tapiz del castellano y con las que ya nadie teje historias.

Ganó en el 47 el Nadal y, desde ahí, su carrera fue fulgurante. No hay un título que lo desmerezca: El camino (novela realista), Cinco horas con Mario (teatro), El príncipe destronado (la infancia), El disputado voto del señor Cayo (política), Los santos inocentes (el mundo rural), Madera de héroe (experimental) o su despedida con El hereje (histórica y homenaje a su Valladolid natal). «Una novela requiere, al menos, un hombre, un paisaje, una pasión», decía y lo cumplía. Era un ser humano, de los que van quedando menos, que sabía que no se podía traficar con la palabra empeñada. Nunca se quiso manchar con la posibilidad de ganar un premio Planeta entregado a dedo.

Delibes tenía otra virtud. Amaba a sus personajes, a esos que tan bien interpretaron en el cine Paco Rabal o Alfredo Landa. Académico, letra e, Premio Príncipe de Asturias y Cervantes, desde la tribuna dijo que no sabía qué cabeza tenía sobre los hombros, «si la mía o la de mis personajes». Siempre a las puertas del Nobel de Literatura, crea un vacío tremendo en las letras españolas, un agujero negro. La sombra de su obra será alargada. Y nos protegerá. Él, que conocía el noveno color del arco iris y que sabía que la escritura es como caer en manos de un Dios vivo.