La cara del dinero


Damien Hirst ha puesto patas arriba el mercado del arte saltándose todas las reglas establecidas. Sin duda, este agitador de la escuela de los jóvenes British Artists es un tipo listo. No solo pasa de sus intermediarios económicos sino que en dos días de subasta ve aumentada en más de cien millones de euros su fortuna.

Ahora habrá que esperar a saber si alguna de estas piezas no ha acabado otra vez en su taller, comprada por el propio artista en un intento por revalorizar su obra. Esto, por otra parte, no sería nuevo ya que tanto el tiburón bañado en formol como la calavera han pasado por este trance en anteriores ocasiones.

Desde aquella primera e incendiaria exposición, Sensation , junto a los díscolos hermanos Chapman, Tracy Emin y Chris Ofili, Damien Hirst ha encontrado el tono a ganar dinero haciendo lo único que sabe: provocar.

Pero que este señor se dedique a pintar de oro las pezuñas de un toro, alardee de hacer arte conceptual, no le conceda el 50% de lo ganado a su galerista o algunos de los nuevos ricos rusos o árabes se lleven a casa sus ocurrencias, no es lo preocupante. Lo verdaderamente alarmante es que todavía siga habiendo popes del mundo artístico que alaben, como diría Ian Ground, sus auténticas «chorradas».

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